EL LEGADO DE KYLA
Prólogo
La Tierra ya no era la misma. La última guerra nuclear había devastado el planeta, dejando tras de sí un paisaje desolado y radiactivo. La mayoría de los seres vivos habían perecido; los pocos que habían sobrevivido se habían refugiado en el último rincón habitable de lo que antes era Oriente. Allí, los humanos se enfrentaron a un destino cruel: la esterilidad. La radiación había dañado irreversiblemente su ADN, impidiéndoles reproducirse y perpetuar su especie.
Desesperados, los humanos recurrieron a la ciencia para intentar salvarse. Utilizaron técnicas de clonación, inseminación artificial y otros experimentos genéticos, buscando crear nuevos seres humanos a partir de células madre, óvulos y espermatozoides congelados o modificados. Pero sus esfuerzos fueron en vano. La mayoría de los embriones no se desarrollaron, y los pocos que lo hicieron nacieron con graves malformaciones o murieron poco después.
Sin embargo, sucedió algo inesperado. Algunas de las manipulaciones genéticas que habían llevado a cabo los humanos habían tenido éxito en otras especies animales. Los humanos habían mezclado su ADN con el de algunos animales, con la esperanza de crear híbridos que fueran compatibles con ellos. Pero lo que habían creado eran nuevas razas de seres, que no solo eran diferentes de los humanos, sino también superiores a ellos.
Estas nuevas razas habían heredado algunas características humanas, como la inteligencia, el lenguaje y la capacidad de utilizar herramientas. Pero también habían conservado o potenciado algunas características de los animales con los que se habían fusionado, como la fuerza, la velocidad, la resistencia o los sentidos. Además, habían desarrollado otras habilidades propias, como la telepatía, la telequinesis o la metamorfosis.
Entre estas nuevas razas destacan tres: los paquidermos, los reptiles y los felinos. Los paquidermos eran descendientes de los elefantes, habían adquirido un gran tamaño y una piel gruesa muy resistente. Eran pacíficos y sabios, vivían en grandes rebaños liderados por un patriarca. Eran los guardianes del conocimiento, poseían una memoria prodigiosa que les permitía recordar su pasado y predecir su futuro, además de su longevidad.
Los reptiles eran descendientes de los cocodrilos, habían adquirido una forma humanoide y una piel escamosa. Eran curiosos y astutos, vivían en las profundidades de los bosques y dominaban el arte del camuflaje y la emboscada. Fueron los exploradores de la tierra, expertos en la caza y la supervivencia.
Los felinos eran descendientes de gatos de varias razas, habían adquirido una agilidad y elegancia incomparables. Eran orgullosos y guerreros, vivían en la superficie, en reinos feudales gobernados por reyes. Fueron los conquistadores de la tierra, se destacaron por su habilidad y su ferocidad.
Pero lo que ninguna de estas razas sabía es que la historia se repetía. Que lo que vivían era solo una era más de una historia cíclica, alejándose cada vez más de las memorias de los logros y errores de sus creadores, aquellos que casi acabaron con el mundo.
Pero no todo estaba perdido. La historia de sus orígenes, sus destinos y sus secretos estaban escritos en antiguos pergaminos, que habían sido conservados por una orden misteriosa, que esperaba el momento para revelarlos.
El final de un ciclo es siempre el comienzo de otro, y pronto todo volvería a cambiar.
Dark Rooster
EL LEGADO DE KYLA
1
EL SECUESTRO
—Buenos días, princesa—, dijo con una sonrisa mientras corría las cortinas. La luz apareció tan repentinamente que la cegó por un momento.
—Hace un hermoso día afuera, princesa—, dijo su madre mientras caminaba hacia la cama. Se acostó a su lado y se acercó para besarla en la mejilla. Arriba, mi amor. Hoy es un gran día. Hoy es tu cumpleaños - se pasó una garra por la frente.
La Reina Laika era una preciosa felina siamés de cara marrón muy oscura y ojos azules tan azules como el mar. Su hija Kyla preguntó con voz somnolienta y ronroneante:
— ¿Y Kaly?—
—Tu hermana ha estado despierta desde el amanecer. Está emocionada por su fiesta de cumpleaños...—
—¡Doce años! — dijo con voz melancólica. Se levantó y caminó hacia la ventana. Dio un enorme suspiro y se perdió por un momento mirando la selva, como despertaba con el sol sus rayos se colaban por las ventanas de la habitación. Era una mañana maravillosamente cálida, como solían ser las mañanas en Wattana. El canto de los choees, el susurro de las hojas y el aroma de las flores perfumaban el aire. La reina llenó sus pulmones de él y dijo:
—Hoy serán presentadas al reino como princesas, príncipes y guerreros de alto rango vendrán a cortejarlas. Verás que algún día serás una gran reina, mi amor. —¿Una tan grande como tú mami?— Kyla dijo suave y amablemente. La reina agachó las orejas y suavizó la mirada mientras escuchaba a la princesa.
Kyla era una felina de pelaje carey, una mezcla de marrones y atigrados amarillos con manchas blancas. Su pelaje tenía un patrón único, como si hubiera sido pintado por un artista meticuloso. Las manchas marrones se entrelazan con las áreas más oscuras, creando un efecto jaspeado. Sus ojos, perlados y expresivos, reflejaban la sabiduría y la dulzura de su madre. Aunque Kyla deseaba tener los ojos azules de su madre, aunque eran igualmente cautivadores.
Kaly, por otro lado, era mayoritariamente negra, con atigradas manchas amarillas que se extendían por su cuerpo. Su pelaje era suave y brillante, y las motas blancas aquí y allá le daban un toque especial. Pero lo más sorprendente era su mancha en la oreja y el ojo derechos: un patrón inverso al de su hermana. El marrón dominaba en esa mitad de su rostro, creando un contraste intrigante. Sus ojos, también azules, brillaban con determinación y curiosidad.
Ambas felinas compartían un linaje real y una belleza única, pero sus diferencias las hacían aún más especiales.
—Está bien madre, tu ganas— le sonrió y se levantó de la cama. Se estiró y bostezó, dirigiéndose al baño para limpiarse y prepararse para el gran día. Se miró en el espejo y se arregló el pelaje. Se puso un collar de perlas y una diadema de flores que le habían regalado sus padres. Se pintó los labios de un rosa suave y se delineó los ojos con un lápiz negro. Si lo admiraba por un momento, se sentía satisfecha con su apariencia. Era una princesa bella y elegante, digna de su reino.
Salió del baño y se encontró con su hermana, que la esperaba impaciente en la puerta. Kaly era todo lo contrario de ella. Era una felina inquieta, curiosa y aventurera. Le encantaba explorar la jungla y conocer a los otros animales. No le gustaba mucho la etiqueta ni las formalidades. Prefería la libertad y la diversión. Sin embargo, ese día ella había hecho todo lo posible para parecer una princesa. Se había puesto un vestido de seda verde con bordados dorados y plateados. Se había adornado el cuello con un collar de esmeraldas y el cabello con una corona de hojas. Se había maquillado los ojos de un verde intenso y los labios de un rojo brillante. Se veía radiante y hermosa, como una felina salvaje y exótica.
— ¡Feliz cumpleaños hermanita! Exclamó Kaly, abrazándola con fuerza. ¡Hoy es nuestro día! ¡Somos las princesas más bellas y admiradas de todo el mundo!
—Gracias, Kaly—, respondió Kyla, devolviéndole el abrazo. —Tú también te ves muy bonita. Pero no sé si estoy tan emocionado como tú. Me pone un poco nerviosa que nos presenten ante todo el reino y que esos príncipes y guerreros vengan a cortejarnos. No sé si estoy preparada para eso—.
—No seas tonta, Kyla. No tienes que preocuparte por nada. Sólo tienes que sonreír y ser tú misma. Eres una felina inteligente, dulce y amable. Cualquiera se enamoraría de ti. Además, hoy no tienes que elegir a nadie. Sólo tienes que conocerlos y ver si te gustan. Y si no, pues los mandas a volar. Lo importante es que disfrutes de tu fiesta y de tu día. Es una ocasión especial que no se repetirá. Así que vamos, levanta ese espíritu y divirtámonos. Kaly dijo con entusiasmo y optimismo. Era una felina alegre, valiente y segura de sí misma. Siempre supo animar a su hermana.
Kyla agradeció a su hermana por sus palabras y dejó que su alegría se extendiera. Sabía que Kaly tenía razón. Tenía que aprovechar ese día y celebrar su cumpleaños con su familia y su pueblo. Al fin y al cabo, fue una ocasión única e irrepetible. Era el día en que se convertirían oficialmente en princesas y conocerán a posibles pretendientes. Era el día en que comenzaría a escribirse su destino como futuras reinas. Era el día que cambiaría su vida para siempre.
Los preparativos estaban por todo el reino. Caminaron por los jardines flotantes, admirando la belleza y magia de aquel lugar. Los jardines eran una maravilla de la ingeniería y la naturaleza, que adornaban la capital del reino Sakchai. Los jardines fueron obra de amor del rey Somboon, quién los construyó para su esposa, la reina Laika, que añoraba las verdes montañas de su tierra natal. Los jardines consistían en una serie de terrazas escalonadas, sostenidas por arcos de piedra y madera, que se elevaban sobre el nivel del río Ngu yak. En cada terraza se plantaron árboles frutales, flores exóticas, hierbas aromáticas y plantas medicinales, creando un oasis de color y fragancia. El agua para regar los jardines se extraía del río mediante un ingenioso sistema de bombas, tuberías y canales, que también alimentaban fuentes, estanques y cascadas. Los jardines eran el orgullo y el deleite de los habitantes de Wattana, quienes los visitaban para caminar, descansar, meditar y admirar. Los jardines fueron también refugio y pasión de la reina Laika, que los cuidaba con mimo y dedicación. Los jardines fueron símbolo y testimonio del amor del rey Somboon, quien los regaló a su esposa como prueba de su devoción y fidelidad.
Cuando de repente vieron acercarse una enorme nube de polvo.
Era un grupo de jinetes, montados en salvajes cangams, que se acercaban a toda velocidad hacia el palacio.
Kyla reconoció el estandarte que portaban: era el de la tribu Ukudama, sus enemigos jurados.
Los Ukudama eran una tribu guerrera y cruel que vivía en las montañas y siempre estaban en guerra.
con los Sakchai. Querían apoderarse de sus tierras, sus recursos y su poder.
Kyla sintió un escalofrío de miedo y corrió a refugiarse en palacio. Pero Kaly se quedó quieta, mirando con furia y desafío a los invasores.
— ¿Qué estás haciendo, Kaly? ¡Vamos, tenemos que escondernos! —Kyla le gritó, tirando de su brazo.
—¡No, Kyla! ¡No podemos permitir que nos ataquen así! ¡Tenemos que defendernos! ¡Tenemos que luchar!— Kaly le respondió, liberándose de su agarre.
—¡Estás loca, Kaly! ¡No podemos enfrentarnos a ellos solas! ¡Son muchos y están armados! ¡Tenemos que encontrar a papá! ¡Él sabrá qué hacer!— insistió Kyla, aterrorizada.
—¡Papá no podrá hacer nada, Kyla!" ¡Está en la sala del trono, rodeado de guardias! ¡Él no sabe lo que está pasando! ¡Tenemos que actuar, Kyla! ¡Somos las princesas Sakchai! ¡Tenemos que proteger a nuestra gente! Kaly exclamó con determinación.
Las dos hermanas se miraron a los ojos y vieron el contraste entre sus personalidades. Kyla era una felina miedosa y cautelosa, que prefería la paz y la armonía. Kaly era una felina valiente y decidida, que amaba la aventura y el riesgo. Ambos se querían mucho, pero no podían estar más en desacuerdo.
"Lo siento, Kaly." No puedo hacerlo. Voy al palacio. Por favor, ven conmigo. No quiero que te pase nada', dijo Kyla con lágrimas en los ojos.
"Lo siento, Kyla." No puedo dejarlo. Me quedo a pelear. Por favor entiéndeme. No puedo permitir que nos hagan daño', dijo Kaly, con fuego en los ojos.
Las dos hermanas se abrazaron fuertemente y se desearon suerte. Luego, cada uno siguió su camino. Kyla corrió al palacio en busca de su padre. Kaly se unió a los guardias y se enfrentó al Ukudama. Kyla logró entrar al palacio y se dirigió a la sala del trono, donde esperaba encontrar a su padre. Pero al llegar se encontró con una escena terrible: su padre yacía en el suelo, ensangrentado y sin vida, junto a él estaba el líder de los Ukudama, un felino blanco con manchas anaranjadas atigradas en la cabeza, ojos azules y colmillos afilados. lleno de cicatrices. Su nombre era Inkani, era el más temido y odiado de todos los Ukudama.
Inkani vio a Kyla y sonrió maliciosamente.
— ¡Mira lo que tenemos aquí!— dijo. —La princesa Sakchai.—
—Qué bonito y qué tierno. Será un buen trofeo para mí. —Inkani se acercó a Kyla y la agarró por el cuello.
Kyla se resistió y se rascó la cara, pero Inkani era más fuerte y la abrazó con firmeza.
— ¡Déjame ir, monstruo! — gritó Kyla —. ¡Asesino! ¡Mataste a mi padre!
—Sí, lo he hecho—, dijo Inkani caminando hacia ella—. Y ahora te voy a llevar conmigo.— acariciando su rostro con el dorso de su garra
— Serás mi esclava, mi juguete, vendrás conmigo para mi diversión. Harás lo que te diga o te haré sufrir de tantas formas, que no puedes ni imaginar; Y nadie podrá salvarte. Tu pueblo ha terminado. Los Sakchai han caído.—
—Los Ukudama hemos triunfado.— Inkani tomó a Kyla por la fuerza, montó en su cangam con ella en brazos y abandonó el palacio seguido por sus hombres.
Kyla lloró y gritó pidiendo ayuda, pero nadie la escuchó. Sólo vio el humo, el fuego que había quedado atrás. Su reino, su hogar, su vida, todo se había perdido. Y ahora estaba a merced de su peor enemigo.
2
LA BODA
Kyla fue llevada al campamento Ukudama en las montañas. Era un lugar inhóspito y sucio, lleno de tiendas de piel y huesos, felinos humeantes y restos de comida. Allí la encerraron en una jaula, junto a otros felinos que habían sido capturados en el ataque. Kyla estaba asustada y triste. No sabía qué iba a pasar con ella ni con los demás. Sólo sabía que Inkani la quería para él, y eso no podía ser bueno.
— ¿Qué quieres de mí? — le preguntó Kyla a Inkani, quien la miraba desde fuera de la jaula con una sonrisa maliciosa.
— Pronto lo sabrás, mi hermosa flor - respondió Inkani-. Eres la más hermosa felina que he visto. Serás mía y juntos expandiremos el reino de los Ukudama.
— ¡Nunca! -exclamó Kyla—. ¡Prefiero morir antes que estar contigo!
— No digas tonterías — dijo Inkani — . No tienes elección. Pronto te acostumbrarás a mí y me agradecerás haberte salvado de una vida miserable.
Kyla se estremeció ante sus palabras. Miró a su alrededor, buscando una salida. Guardias armados con lanzas rodearon la jaula, impidiendo cualquier intento de fuga. Los demás felinos la miraban con indiferencia o envidia. Nadie parecía dispuesto a ayudarla.
Kyla pasó la noche triste y muy asustada, no sabía lo que le esperaba, pensaba en lo que habría pasado con su madre, su hermana y los demás. Se acurrucó en un rincón de la jaula, tratando de ignorar el frío, el hambre y el miedo. Se preguntó si alguien vendría en su ayuda o si sería condenada a vivir como esclava de Inkani. Lloró en silencio, hasta que el sueño la venció.
Al día siguiente, Inkani apareció en la jaula y abrió la puerta. Miró a los felinos y eligió a Kyla. La agarró por el cuello y la sacó de la jaula. Los demás felinos protestaron y le lanzaron insultos, pero Inkani los ignoró. Llevó a Kyla a su tienda, donde la arrojó al suelo.
—Ahora eres mía—, dijo Inkani, acercándose a ella.
—Prepárenla y cámbiala de ropa, ponganle algo más apropiado para la ocasión— le ordenó a un par de esclavas y salió de la tienda.
Se reunió con su corte de guerreros, era un grupo feroz de felinos muy imponentes y salvajes. Tenían pelaje oscuro y garras afiladas. Llevaban collares de huesos y plumas y adornaban sus armas con sangre y trofeos. Eran los más leales y temidos de los Ukudama, y seguían a Inkani sin cuestionar sus órdenes.
—Bueno—, dijo Inkani con voz firme. ¿Está todo listo para la boda con la princesa y así legitimar mi soberanía sobre Watanna y los Sakchai?
— Así es, mi señor — dijo un felino mayor, que era el gran Wu de la corte —. Sólo tenemos un pequeño problema, mi señor.
— ¿Qué quieres decir, gran maestro? — preguntó Inkani, un poco incómodo por lo que acababa de escuchar.
— Le recuerdo a mi señor que en el reino de Sakchai se presentaron ante la sociedad dos princesas y aquí solo tenemos una. Tenemos que confirmar la muerte de la otra, o encargarnos de ella.—
— Es verdad — respondió Inkani dejando escapar un grito de furia.
Escogió a cuatro de sus mejores guerreros y les dijo:
— Vayan a buscar a sus hombres y regresen a Wattana para encontrar a la otra princesa. No regreses sin ella o sin su cadáver. ¿Me has oído?—
—Sí, mi señor—, dijeron los guerreros, inclinándose.
—Mientras tanto, continuaremos con nuestro plan. La boda será hoy.—
Inkani regresó a su tienda inquieto y molesto por la noticia que había recibido, mientras caminaba pensaba que la prisionera le resultaba muy atractiva. Era una felina muy hermosa, las felinas carey son una especie rara. Inkani pensó que tal vez él podría hacerla feliz, si ella le daba una oportunidad.
Al entrar a su tienda se encontró con una escena que lo dejó sin aliento. Dentro estaba Kyla, vestida con un vestido ceremonial típico de los Ukudama, una prenda que dejaba muy poco a la imaginación. El pequeño traje consistía en una falda de plumas de colores, un collar de cuentas y pulseras de metal. No llevaba nada más. Su pelaje contrastaba con sus ojos nacarados. Sus orejas puntiagudas y su cola larga y peluda le daban un aspecto exótico y sensual. Inkani sintió que el corazón se aceleraba y su cuerpo comenzaba a arder.
— Kyla... — dijo con voz ronca — Eres... eres muy hermosa.—
— No creo que pueda esperar a la noche de bodas.—
Kyla se alejó de él cubriéndose el pecho desnudo y con un gesto de repulsión en el rostro. No podía creer que este monstruo fuera a ser su marido. Lo odiaba con toda su alma. Lo odiaba por haberla secuestrado, por haber matado a su familia y haber destruido a su pueblo. No iba a permitir que él la tocara, ni la humillara. Preferiría morir antes que casarse o estar con él.
Inkani se acercó a Kyla y la agarró por la cintura. La atrajo hacia él y la besó en el cuello. Kyla sintió un escalofrío de repulsión y trató de soltarse de su abrazo.
— ¡Libérame! -gritó Kyla-. ¡No me toques!—
— ¡Callate cachorra!— dijo Inkani- . — ¡Eres mía y harás lo que yo diga!—
Inkani la arrastró hasta la cama y la arrojó. Se quitó la ropa y se puso encima de ella. Kyla le arañó la cara y le mordió el pecho. Inkani le dio una bofetada con tal fuerza que la hizo ver estrellas.
— ¡No te resistas! — dijo Inkani— . ¡No lo hagas más difícil para ti! seria una lastima tener que lastimar a tan hermosa princesa—
—¡No quiero nada contigo! — dijo Kyla —Suéltame maldito, ¡Eres un asesino, un tirano, eres un monstruo!, suéltame por favor!!— dijo envuelta en lágrimas de desesperación.
— ¡A esto no es a lo que estás acostumbrada! — dijo Inkani — . A las felinas como tú les gustan los felinos delicados y buenos, ¡los cachorros mimados que no saben lo que es luchar para obtener lo que te mereces en esta vida!—
— Soy un verdadero felino, que pelea y toma lo que quiere. Y te quiero a ti. Eres mía, y nadie podrá apartarte de mi lado, ven aquí preciosa—.
— ¡No, no, no! — dijo Kyla llorando. Por favor déjame ir no me hagas esto, te lo ruego.—
Pero todo fue en vano. Inkani la tomó por la fuerza, le arranco lo poco que llevaba puesto. Kyla cerró los ojos, apretó las garras hasta sangrar, trataba de contener el asco que sentía, pero al final no tuvo más que resignarse a su destino.
Inkani se dio gusto disfrutando de la pequeña felina y cuando estaba a punto de tomarla una vez más, escuchó un alboroto fuera de la tienda. Fue un caos, gritos de advertencia, seguidos de rugidos. Inkani se levantó de la cama, se vistió y tomó su espada. Salió a ver qué pasaba.
Afuera reinaba el caos. Felinos corriendo por todos lados, intentando apagar el fuego que consumía las carpas. El humo y las llamas se elevaron hacia el cielo, creando una escena infernal. Inkani no podía creer lo que estaba viendo. ¿Quién se había atrevido a atacar su campamento? ¿Quién se había atrevido a desafiar su poder?
Tomó al primer felino que se cruzó frente a él y le preguntó qué estaba pasando.
— ¡Señor, no lo sabemos! — dijo el felino temblando. — Algunas tiendas empezaron a arder en llamas de la nada, como si estuvieran hechizadas. No sabemos quién es el responsable ni cómo lo hizo.—
— ¡Maldición! — exclamó Inkani— . ¡Esto es obra de los rebeldes, estoy seguro! ¡Han venido a vengarse de mí y a robarme lo que es mío!—
— ¿Qué debemos hacer, señor? — preguntó el felino.
— ¡Quédate aquí y no dejes que nadie salga ni dejes entrar a nadie!— ordenó Inkani. — ¡Voy a descubrir qué está pasando!—
Y corrió hacia el centro del campamento, donde esperaba encontrar respuestas. Estaba furioso y decidido a poner fin a esto. No iba a permitir que nadie lo eclipsara. No iba a permitir que nadie arruinara sus planes, su reinado apenas comenzaba.
Mientras tanto, Kyla se lamía las heridas y trataba de adaptarse lo mejor que podía para no sentir dolor. Había sufrido mucho en las garras del maldito Inkani, quien la había tomado y maltratado. Había perdido toda esperanza de volver a ver su hogar, de volver a ser feliz. Sólo deseaba que todo terminara pronto, que la muerte la liberara de su sufrimiento.
Cuando de repente se escuchó un maullido ahogado, y luego un golpe fuerte, como cuando cae un saco de arena. La cortina estaba corrida y ella se tapó la cara con la manta gritando que por favor pararan, que no podía continuar.
—Princesa, soy yo— , dijo una voz familiar. — ¿Pero que te han hecho princesa?
Kyla abrió los ojos y jadeó. No podía creer lo que veía frente a ella. Era Ogodei, su amigo, su confidente, su salvador.
Ogodei era hijo de Gran Hap. Era un felino lanudo de color café oscuro y gorguera clara con hermosos ojos azules. Era un felino noble, valiente y generoso, que había viajado por muchos reinos y conocido muchas culturas.
Se habían conocido cuando él pasó una temporada en Wuatanna, en un intercambio de confianza. Kaly, la hermana de Kyla, había pasado esa misma temporada en las estepas de Khulan, en el reino de los Möngömaa . Esto aseguró su alianza comercial y política con ellos.
Habían sido amigos desde el primer momento y habían compartido muchas aventuras y secretos. Ogodei la había protegido del peligro y la había hecho reír con sus bromas. Kyla lo había admirado por su sabiduría y lo había consolado en sus penas. Se querían como hermanos, o tal vez más.
Había venido a rescatarla aprovechando el incendio que habían provocado sus compañeros. Él era el líder del rescate, estaban luchando contra la tiranía de Inkani. Había jurado liberar a su amiga una vez que se enteró que estaba cautiva.
— ¿Cómo... ¿Cómo llegaste aquí? — preguntó Kyla, asombrada.
—No hay tiempo para explicaciones—, dijo Ogodei. —Tenemos que irnos ahora. Te he traído un cangam. Vamos, ponte esto – dijo, entregándole una capa y una espada.
— ¿Una espada? — preguntó Kyla, confundida.
— Sí, una espada. Puede que lo necesites. No sabemos qué nos podemos encontrar en el camino. Tenemos que estar preparados para todo — dijo Ogodei, serio.
— ¿Y adónde vamos?— Preguntó Kyla, curiosa.
— Por lo pronto fuera de aquí, este lugar huele horrible. Vayamos al río. Allí nos espera una barcaza mercante. Es nuestra única salida. Tenemos que darnos prisa – dijo Ogodei, impaciente.
Salieron apresuradamente de la tienda, sigilosamente se perdieron en los árboles donde subieron a los cangam y se dirigieron hacia el río. El cangam era un animal parecido a un camello, pero con pelo largo y cuernos. Era muy resistente y rápido, y podía soportar el clima frío y seco de las estepas. Ogodei lo había obtenido de uno de sus amigos comerciantes, quien le había hecho el favor de prestarle uno de sus mejores ejemplares.
Llegaron al río, donde los esperaba una barcaza mercante. Era una embarcación grande y robusta, que transportaba todo tipo de mercancías y pasajeros. El capitán era un viejo amigo de Ogodei, que había prometido ayudarlo a escapar. Les hizo un gesto para que subieran a bordo.
— Vamos, rápido, no tenemos tiempo que perder — les dijo. —El fuego cubrirá nuestra huida, pero no por mucho tiempo. Tenemos que zarpar antes de que nos descubran.—
Kyla y Ogodei subieron a la barcaza y se instalaron en la cabina. Estaban a salvo, por el momento. Se abrazaron y se miraron con alivio y gratitud.
—Lo logramos, Kyla", dijo Ogodei. Lo hicimos. Eres libre —
— Sí, lo logramos - dijo Kyla. Gracias Ogodei. Gracias por salvarme.—
— No me agradezcas, Kyla. Lo hice por ti. Porque te quiero Porque siempre te he amado – dijo Ogodei acariciando su rostro.
Kyla se sorprendió al escuchar esas palabras. Ella no sabía que Ogodei la amaba. No sabía qué sentir. Ella lo amaba como a un amigo, como a un hermano. Pero no sabía si lo quería como algo más. No sabía si podría amar a alguien así, después de lo que había pasado.
— Ogodei... - dijo Kyla sin saber qué decir.
Pero antes de que pudiera continuar, escucharon un rugido furioso que los hizo estremecer. Era Inkani, quien los había visto escapar. Y no iba a dejar que lo hicieran tan fácilmente.
—¡Kyla! ¡Kyla! ¡Vuelve aquí, maldita sea! ¡Eres mía y sólo mía! Gritó Inkani,— saltando al río y nadando hacia la barcaza.—
Ogodei salió de la cabina y miró por la borda. Vio acercarse a Inkani, espada en boca y agua hasta el cuello. Sintió un escalofrío de miedo y de ira.
— ¡Maldito bastardo! ¡Dejarnos solos! — gritó Ogodei, desenvainando su espada.
— ¡Cállate perro! No sabes de lo que estás hablando—
Pero no nadó lo suficientemente rápido para alcanzar la barcaza que se alejaba entre gritos y flechas.
Ogodei gritó señalando.
— Lo siento, creo que la boda está cancelada, ¡¡maldita escoria!!
3
LA EMBOSCADA
Inkani salió disparado del agua, empapado y furioso. Su pelaje blanco estaba erizado y sus ojos azules brillaban. Escupiendo órdenes y agua por la nariz, mientras se sacudía el agua de los oídos. No podía creer que ese maldito felino le hubiera quitado a la princesa. Había planeado todo cuidadosamente, había esperado el momento adecuado, había atacado con velocidad y fuerza. Pero ese felino desconocido había sido más astuto y valiente. Había logrado escapar con la princesa en una barcaza, dejando a Inkani y sus bestias feroces en la orilla del río. Inkani no iba a dejar que se saliera con la suya. Iba a perseguirlo, alcanzarlo y así recuperar lo que ya era suyo.
Inmediatamente, envió a uno de sus jinetes más rápidos para alcanzar a sus hombres que se dirigían a Wattana. Les ordenó cerrar el paso río arriba y atraparlos una vez anclados. Él los seguiría por la orilla del río, con el resto de sus guerreros. No tendrían a dónde ir. Su barcaza no era tan rápida. Era una barcaza mercante, lenta y pesada, cargada de mercancías y provisiones. No podía competir con la agilidad y fuerza de los cangams, los camélidos salvajes. —Rápido, a los cangams, muévete, inútil,— gritó Inkani, mientras montaba en el suyo, un hermoso ejemplar negro con melena blanca y enormes cuernos.
Mientras tanto, Kyla estaba muy feliz de ver a Ogodei. Estaba llena de sentimientos encontrados. Sintió odio y asco por Inkani, el maldito que la había secuestrado y maltratado. Estaba asustada e insegura de lo que sucedería si Inkani los alcanzaba o si llegaban al reino de Ogodei. Pero estaba muy feliz de que, gracias a su amigo, tuviera otra oportunidad de vivir libre.
—¡Kyla!— Ogodei exclamó al verla. —¡Qué alegría me da verte! ¡Estaba tan preocupado por ti! ¿estás bien? ¿Te han hecho daño?
—Ogodei…— susurró Kyla con lágrimas en los ojos. —Gracias por venir a mi rescate. No sabes lo que he sufrido. Inkani es un monstruo. Me ha tratado como a una de sus esclavas. Me ha humillado, insultado, golpeado. Quería obligarme a casarme con él y... y... — no pudo más y rompió a llorar al recordar lo sucedido.
Ogodei la abrazó tiernamente y le acarició el pelo. Le secó las lágrimas con el dorso de la garra y la besó en la frente. Le habló con voz suave y dulce, tratando de consolarla.
— No digas más, Kyla. Ya no te hará daño. Ahora estás a salvo. Lo he dejado atrás. Te llevaré a casa, donde estaremos a salvo. Yo te cuidaré, te protegeré, no tendrás nada más que temer.
—Oh, Ogodei…— dijo Kyla abrazándolo. —¿A qué casa volveré? Ese monstruo y sus bestias lo han destruido todo.—
Kyla se refería a su hogar, el reino de la jungla, donde había nacido y crecido. Donde había sido feliz con sus padres, el rey Somboon y la reina Laika, con su hermana, Kaly. Allí conoció a Ogodei, el príncipe Möngööma, que se había convertido en su amigo y confidente. Pero todo eso cambió cuando Inkani llegó con sus hordas de guerreros, listos para conquistar el reino y tomar a la princesa. Había atacado por sorpresa aprovechando la fiesta de cumpleaños de las princesas. Prendió fuego al palacio, mató a muchos guardias y capturó a la princesa. Había huido con ella, dejando tras de sí un rastro de sangre y destrucción.
Ogodei le sonrió con tristeza y le acarició la mejilla. Él la miró a los ojos con amor y dijo:
—No te preocupes, Kyla. Te llevaré a mi reino, donde estarás a salvo. Allí te daré todo lo que necesitas y todo lo que deseas. Allí reuniremos a los guerreros de mi padre y recuperaremos Wattana, liberaremos a tu pueblo y Sakchai volverá a ser el reino próspero que siempre ha sido. Sé que no será lo mismo sin tus padres, pero verás que podrás volver a ser feliz.—
Los dos se abrazaron fuertemente, mientras la barcaza navegaba río arriba, lejos de Inkani y su furia, o eso pensaban.
Unas horas más tarde se podía ver el puerto occidental de Wattana. Se dieron cuenta de que les esperaba una bienvenida no muy agradable: eran los guerreros Inkani que habían ido en busca de la princesa Kaly. — ¿Qué hacemos, Ogodei? — preguntó el capitán, nervioso por lo que les esperaba si llegaban al puerto o a la orilla. — Si llegamos a tiempo, demos la vuelta. Tendremos que bajar el río hasta Khulan. Allí cabalgaremos para llegar a Khulan lo antes posible — dijo Ogodei.
El capitán tuvo que hacer algunos trucos para hacer girar el barco en el río. Tuvo que reducir la velocidad, girar con fuerza el timón y utilizar los remos para ayudar en la maniobra. El río era lo suficientemente ancho como para permitir las maniobras necesarias, pero también había que evitar rocas, troncos y corrientes. Mientras tanto, en el muelle, los felinos de Inkani gritaban y maldecían. Los arqueros dispararon sus flechas sin mucho éxito, ya que aún estaban a buena distancia para poder esquivarlas. Ogodei animó a su amigo Navid. Navid era originario de Azura, un pueblo en el desierto de Saddama. Los Azura eran comerciantes de telas, especias, perfumes y animales, entre tantas otras cosas raras. Tenían una cultura rica y variada, influenciada por las antiguas civilizaciones que habían florecido en el desierto. Eran conocidos por su arte, su música, su poesía y su sabiduría.
Cuando lograron alinear la embarcación y retomar el nuevo rumbo, se dieron cuenta de que los felinos se habían dividido en ambos extremos del río y los seguían río abajo. Un poco más adelante se toparon con Inkani y el resto de su corte. — Ahí están, ¿Qué pasó? — Dijo Inkani. —¿Por qué regresan ahora? ¿Por qué no los atraparon una vez que aterrizaron? Son inútiles, malditos idiotas, no sirven para nada. Si quieres que se hagan las cosas, tienes que hacerlo todo tú mismo. Eso es lo que siempre decía mi padre después de golpearme por no hacer las cosas como él quería. Lo odié por eso, y ahora… maldita sea, lo entiendo perfectamente.—
Inkani no podía estar más furioso. Le salió espuma por la nariz. Sus ojos azules parecieron cambiar de color. Continuaron la persecución río abajo. Esto favoreció a la barcaza, que gracias a la corriente pudo ir un poco más rápido que antes.
Así continuaron hasta el cuarto recodo del río, entonces se dieron cuenta que Inkani y varios de sus felinos ya no eran visibles, se habían perdido entre los árboles. Lo que no sabían era que Inkani tenía otros planes. Avanzó con sus guerreros hasta la garganta de la serpiente, era la unión de dos brazos del río Ngu yak. Allí esperó a que se acercara la barcaza, escondido entre la vegetación. Cuando vio su oportunidad, ordenó a sus hombres atacar. Los felinos salieron de sus escondites y arrojaron sus flechas, sus lanzas y sus redes contra la barcaza. La tripulación quedó sorprendida e intentó defenderse lo mejor que pudo. Ogodei tomó su espada y su escudo y se preparó para el combate. Vio a Inkani saltar desde la orilla y aterrizar en la cubierta. El príncipe felino rugió de furia y retó a duelo a Ogodei. Ogodei aceptó el desafío y lo enfrentó.
— Voy a hacerte pagar por lo que me has hecho, perro infeliz. Me has robado a mi hembra, has herido mi orgullo, me has humillado delante de mis hombres. Nunca te perdonaré. Inkani dijo con odio.
—No tienes nada que hacer, Inkani." Kyla no es tu prometida, es mi amiga. No te robé nada, tú la secuestraste y yo la rescaté. No lastimé tu orgullo, te mostré la verdad. Y nunca te perdonaré lo que le has hecho a ella y a su pueblo.— respondió Ogodei con valentía.
Ogodei estaba en guardia, agarrando firmemente su sable. Frente a él, Inkani lo miró, blandiendo elegantemente su espada jainista. Los dos estaban en la cubierta que se mecía con el vaivén del río, rodeados por sus respectivos guerreros.
—Ríndete, Inkani. No tienes ninguna posibilidad contra mí. Eres un bastardo que sólo sabe usar la espada recta y no la cabeza. Soy un gran guerrero Möngömaa.— Ogodei lo miro desafiante.
— No seas tan arrogante, cachorro. No sabes de lo que soy capaz. Eres un perro ignorante y salvaje, que sólo recoge estiércol de cangam de las estepas jajajaja. Soy un señor de la espada y la estrategia, dominó el arte de la espada jainista y el equilibrio. — Inkani respondió burlonamente.
Los dos se lanzaron el uno contra el otro, iniciando un duelo a muerte. Sus armas chocaron violentamente, produciendo chispas y sonidos metálicos. Ogodei atacó con velocidad y agilidad, buscando un hueco en la defensa de Inkani. Inkani se defendió con habilidad y astucia esperando un error de Ogodei. Los dos se movían con habilidad, esquivando y bloqueando los golpes del oponente. La barcaza se balanceaba con el movimiento del río, añadiendo dificultad a la lucha.
La pelea duró varios minutos, sin que ninguno de los dos consiguiera una ventaja decisiva. Los guerreros de ambos bandos observaron con atención, sin atreverse a intervenir. La princesa Kyla, que estaba detrás de un mástil, miraba angustiada, temiendo por la vida de Ogodei.
Finalmente, Ogodei logró desequilibrar a Inkani con una patada en el pecho. Inkani retrocedió tambaleándose. Ogodei aprovechó la oportunidad y lo apuñaló en el brazo, haciéndolo soltar su espada jainista. Inkani dejó escapar un grito de dolor y cayó de rodillas. Ogodei levantó su sable, dispuesto a darle el golpe de gracia. Pero entonces, una flecha enemiga lo hirió por la espalda y le atravesó el hombro. Ogodei dejó escapar un grito y se desplomó. Kyla dejó escapar un sollozo y cerró los ojos. Inkani se levantó con dificultad y se acercó a Ogodei. Tomó el sable y se lo puso en el cuello.
— Ahora has terminado, Has sido un digno adversario, pero al final has caído. Ahora voy a acabar con tu vida y tu honor. Y luego me llevaré a la princesa Kyla, que será mi esposa, mi esclava. — dijo triunfalmente.
Pero antes de que pudiera ejecutar a Ogodei, una voz lo detuvo.
— ¡Detente, Inkani! ¡Liberarlo! ¡Te mataré! — era Navid, el amigo de Ogodei, que había cogido un arco y una flecha. Estaba apuntando a Inkani con precisión desde la seguridad de la cabina.
Inkani quedó paralizada, sin saber qué hacer. Miró a Ogodei, que estaba inconsciente. Miró a Kyla, que estaba aterrorizada. Miró a Navid, que estaba decidido. Y entonces tomó una decisión.
-—Está bien. Esta la ganas. Pero sólo porque me provocas lástima. No creas que me asustas. Sólo te doy una oportunidad. Una oportunidad para que huyas con tu amigo y la princesa. Pero no confíes tanto en tu suerte de mercader. Te encontraré y te mataré. A todos vosotros, y tu Kyla, nos veremos pronto mi amor, eres mía, te encontraré. Y entonces seré el amo del mundo.— maullaba mientras los señalaba con el arma.
Y dicho esto, soltó el sable de Ogodei y saltó al río, nadando hasta la orilla. Navid corrió hacia Ogodei y le quitó la flecha del hombro. Vendo la herida y le dio un poco de agua. Luego miró a Kyla y la abrazó. Él le dijo que todo iba a estar bien. Que Ogodei se iba a recuperar. Ese Inkani no iba a volver. Que iban a llegar a su destino. Que todo iba a estar bien.
Navid ordenó a sus hombres que siguieran adelante y continuaron navegando río abajo, lejos de Inkani y su maldad. O al menos eso es lo que esperaban…
4
LAS NOTICIAS
Continuaron río abajo, casi llegando al puerto norteño de Wattana, pero Inkani y sus hombres los seguían por ambas orillas del río y algunos ya les habían preparado otra emboscada. Pero esta vez no irían al lugar donde se esperaba, las cosas no pintaban nada bien. Como no tenían otra opción, tendrían que rodear el lado oeste.
—Tendremos que continuar hasta dahān-y šaytān (la boca del diablo) y llegar a las tierras desoladas y continuar hasta Armengol - dijo Navid muy preocupado. Porque si Inkani continúa acechándonos a lo largo de la costa este del río, la única posibilidad que tendremos de abastecernos de provisiones y asegurarnos de que Ogodei está bien es el puerto norte de Cailian. Habrá que confiar en que el cruce de las montañas les retrasará uno o dos días para poder hacerlo. De lo contrario, no sé si llegaremos vivos a Armengol. Es un viaje muy largo, le dijo Navid a la princesa Kyla.
Unos días después, Ogodei deliraba con fiebre y hablaba cosas ininteligibles. Kyla siempre estuvo a su lado, cambiando las compresas frías y limpiando la herida. Le habló suavemente, tratando de tranquilizarlo y consolarlo.
— Cálmate, Ogodei, todo estará bien. Estoy aquí contigo, no te dejaré solo. Eres fuerte, puedes superar esto. Recuerda todo lo que hemos vivido juntos, todas las aventuras que hemos compartido. Todavía tenemos muchas cosas por las que vivir. No te rindas, por favor, eres lo único que me queda Ogodei. Kyla rompió en llanto sobre el príncipe, y ahí noto un olor un tanto desagradable, la herida ya había empezado a infectarse. Afortunadamente, esa misma tarde atracaron en el puerto norteño de Cailian, con tiempo suficiente para poder pasar la noche en tierra y poder atender a los heridos. Aunque Ogodei estaba muy grave, no pudieron quedarse allí por mucho tiempo, ya que Inkani les pisaba los talones.
Algunos miembros de la tripulación de Navid descubrió que las noticias de lo sucedido en el sur aún no habían llegado tan al norte. Estaban a salvo por ahora, pero todavía estaban en territorio enemigo.
El lado norte de Cailian era un puerto próspero y bullicioso, donde se mezclaban las culturas del sur del Tao y las ciudades vecinas. Los edificios de madera y bambú se alzaban a lo largo del río, decorados con faroles rojos y banderas de colores. Los mercados ofrecían una amplia variedad de productos, desde sedas y especias hasta frutas y animales exóticos. La gente vestía túnicas y sombreros de paja y hablaba con diferentes acentos. Se podía percibir el aroma de la comida callejera y el sonido de la música y las risas.
Kyla le preguntó al Wu que estaba atendiendo a Ogodei:
— ¿Qué tan mal está, maestro? ¿Podrá salvarlo?—
El viejo Felino respiró hondo y no dijo nada durante lo que a Kyla y a Navid les pareció una eternidad. Era un felino siamés muy anciano, con cicatrices en la cara y había perdido el ojo derecho, había sido sanador y chamán del pueblo durante muchos años. Tenía fama de ser sabio y poderoso, capaz de comunicarse con los espíritus y realizar rituales de curación, adivinación e incluso control climático.
—Este guerrero es valiente y fuerte, está librando una batalla entre la vida y la muerte. La infección es fuerte,— dijo mientras colocaba unos gusanos de un cuenco de bambú sobre la herida. —Estos gusanos se comerán la carne podrida y limpiarán la herida. Luego le pondré algunas hierbas y vendas. También te daré una poción para bajar la fiebre, que es lo más importante. Veremos cómo amanece mañana, para saber cómo continuar.
Miró a Kyla y luego se acercó a ella, le tocó el vientre y dijo:
—Estás preñada, pequeña.—
Kyla se estremeció ante esas palabras. No podía creerlo. ¿Cómo fue posible? ¿No podía creer que él fuera capaz? no era posible que Inkani… ¿Cómo lo tomaría Ogodei? ¿Qué haría ahora? ¿Y el propio bebé? ¿Qué futuro le esperaba en medio de todo este desastre?
—Nno nno nno puede ser,— tartamudeó Kyla, sintiendo que se le nublaba la visión.
—No tengas miedo, niña. Es una bendición, no una maldición. Tus hijos están destinados a la grandeza. Llevas en ti a los gemelos del sol y de la luna, aquellos que cumplirán la profecía de los antiguos. Traerán paz y armonía y serán los reyes de un nuevo mundo. Eres la elegida, la madre de los héroes por venir.
Inkani no iba a dejar que se escaparan tan fácilmente. Tuvo que aceptar la derrota una vez más, pero tenía que vengarse. Dio varias órdenes a sus bestias: a un grupo lo envió al puerto norte de Guatana para bloquear su paso, a otros les ordenó seguirlos por la orilla este del río. Él y otros hombres harían lo mismo en su lado río abajo. El otro contingente fue enviado a continuar la búsqueda de Kaly. No podía perder a ambas princesas, especialmente cuando estaba tan cerca.
Saboreó el dulce néctar que había tomado de aquella hermosa y delicada flor. ¿Era que estaba empezando a sentir algo por la princesa?— Se preguntó.— Qué lástima... Si lástima. Es todo lo que puedo sentir por esa maldita perra y odio por sus malditos amigos. Se respondió a sí mismo mientras seguía su barcaza río abajo. Tienen que parar en algún momento, sé que ese maldito felino va en serio si no ya está muerto.
¿Y quién es ese maldito felino? Inkani preguntó al viejo Yang Wu, era un felino siamés muy anciano, que había sido el sanador y principal chamán del reino desde la época de su abuelo, quien respondió, que era el heredero del trono de Möngömaa en las estepas.
— ¿Y qué carajos hace aquí tan lejos de casa jodiéndome la vida?— Inkani preguntó de nuevo.
—Hasta donde yo sé, son amigos. Estuvo un rato en Guatana... —
—Sí, y los intercambios, los benditos intercambios,— Inkani lo interrumpió bruscamente —Como yo y mi temporada en Las Islas de Shi… mmm— sujetándose la barbilla con la garra derecha —Lo entiendo,!! así que venía a pretender a la princesa en la fiesta de presentación,— dijo Inkani, cambiando la expresión a una de resentimiento y frustración. —Pero ella ya es mía, estoy seguro de…— Inkani no terminó la frase por la brusca interrupción de un mensajero.
—¿Qué sucede?— Preguntó emocionado por tanta tensión.
—Disculpe señor,— dijo un felino muy agotado por venir a toda velocidad. —Su madre, señor, es su madre,— dijo temblando por temor a recibir un golpe como era costumbre de su señor.
Ha caído en cama, está muy grave y exige su presencia,— continuó temeroso.
—Mi madre dices…—miro el viejo Wu y dijo: — No dejaré mi compañía para cumplir los pobres caprichos de una moribunda, el que lo hacía era mi padre y ya está muerto. La maldita. Lo único que hizo después de parir fue ignorarme por el resto de su vida. Nunca hizo ni dijo nada cuando mi padre me golpeaba por esto o aquello. Lo siento, Ijya le da la bienvenida al cielo,—dijo Inkani con indiferencia mirando hacia las nubes.
El mensajero se quedó sin palabras, sin saber qué decir. El viejo Wu se acercó a Inkani y le habló en voz baja. Su apariencia era imponente y misteriosa: su pelaje era gris y blanco, con manchas oscuras en orejas, cola y patas. Su ojo derecho era azul y profundo, pero el izquierdo era amarillo e intimidante. Su nariz era rosada y húmeda, y sus bigotes eran largos y blancos. Su boca era pequeña y curvada, y sus dientes afilados y amarillentos. Su cuerpo era delgado y ágil, pero también arrugado y cansado. Su cola era larga y peluda y la movía con gracia y elegancia.
— Señor, sé que su relación con su madre no ha sido la mejor, pero ella es su única familia. Tal vez debería ir a verla, aunque sólo sea por última vez. Tal vez tenga algo importante que decirte, o tal vez solo quiera disculparse. No se arrepentirá de haberle dado una oportunidad, señor. La vida es demasiado corta y los rencores demasiado pesados.— Su voz era profunda y ronca, con un acento antiguo y extraño. Habló lenta y claramente, eligiendo bien sus palabras.
Inkani miró al viejo Yang Wu con desdén. ¿Cómo se atrevía a darle consejos sobre su vida? No sabía nada de lo que había sufrido, de lo que había luchado, de lo que había perdido. Él era sólo un sirviente, un esclavo, un peón. Inkani se levantó de su montura y abofeteó al viejo Wu, quien cayó al suelo.
— ¡Cállate, viejo! ¡No me digas qué hacer! ¡No me importa mi madre ni nadie más que la Gloria! ¡Soy el señor de estas tierras y nadie me va a detener! Ahora sal de mi vista y prepárate para descubrir dónde están esos malditos.— espoleó a su cangam y se fue al galope, dejando atónitos al mensajero y al anciano Wu. El viejo Wu se puso de pie con ayuda del mensajero, se limpió la sangre de la boca. Miró al mensajero con tristeza y dijo.
—Gracias cachorro, ahora ve a buscar a los demás y dile al capitán que prepare a los felinos. Nos espera una larga noche.—
5
ENTRE EL AMOR Y EL DESTINO
Un miembro de la tripulación de Navid que se encontraba en la cumbre de la colina vigilando con ayuda de sus catalejos, esperando a ver a sus perseguidores y dar la señal, cuando el momento llegó, corrió hacia el muelle gritando que ya estaban allí, que tenían a lo mucho un par de horas para empezar a navegar. Navid reunió a su tripulación y luego corrió a la cabaña del viejo Wu donde la princesa cuidaba a Ogodei y les dio la mala noticia.
— ¿Cómo está, maestro? ¿Podrá viajar? Tenemos que continuar nuestro camino— preguntó con angustia y preocupación. Navid había demostrado ser un amigo y un servidor fiel.
—Tenemos que irnos ahora, mi señora. Ese maldito está por llegar y no puede encontrarte aquí!! — le advirtió con urgencia y respeto.
El viejo Ming Wu, que ya le había explicado lo que tenía que hacer a la princesa, la había ayudado a calmarse tras la gran noticia que le había dado el día anterior. Afortunadamente el paciente estaba respondiendo muy bien al tratamiento.
—No recomiendo un viaje tan largo en su estado, pero es un felino fuerte, con sangre de grandes guerreros en sus venas, — respondió el viejo Ming Wu a Navid, quien asintió agradecido y le dejó un cofre con muchas cosas. que le serían útiles: especias del sur, mitras del oriente, entre tantas otras cosas, que el viejo felino aceptó con humilde gratitud.
— Estarán bien. Cuídense y cuiden a su amigo, que tengan un buen viaje,— el viejo Ming Wu se inclinó a modo de despedida ofreciéndole sus garras a la princesa, ella las tomó con las suyas, sintiendo el contraste entre la suavidad y calidez de su piel, con la aspereza y frialdad de sus garras. El aroma a hierbas, incienso, sangre y humo que emanaba de él la envolvió, haciéndola sentir segura y protegida. Ella sonrió y se inclinó en agradecimiento. Los felinos de la tripulación llevaron a Ogodei hasta la barcaza, la cual fueron desatando del muelle para zarpar y alejarse lo más posible de Inkani.
Subió a la barcaza y se acercó a él, que yacía en una camilla improvisada con tablones y estaba cubierto por una manta. Le acarició el pelo y la besó en la frente. Abrió los ojos y le sonrió débilmente.
—P pp princesa— susurró.
— Shshshsh descansa mi guerrero— La princesa lo tranquilito, y se volvió a quedar dormido.
Navid se asomo y desde la entrada les dijo:
—Vamos amigos. Es tiempo de zarpar. El viento está a nuestro favor y el mar nos espera. Pronto estaremos en casa — los puso al tanto con optimismo y cariño.
La barcaza se alejó del puerto, dejando atrás las Colinas Yun. El sol brillaba en el cielo y las gaviotas graznaban en el aire. La brisa del mar acarició sus rostros y llenó sus pulmones. El agua salada mojó sus labios y les hizo salivar. El sonido de las olas los arrulló y de pronto todo quedó en calma.
Todo parecía ir bien, parecía que por fin escaparía de las garras de Inkani.
Unos días después Ogodei intentó levantarse, pero el dolor se lo impidió. Soltó un gemido que rápidamente reprimió al notar a la princesa en la cabina, al verlo ella intentó calmarlo.
— ¿Cómo te sientes? -preguntó con tierna preocupación. Has estado inconsciente durante muchos días. Me tenías muy preocupada. "Todos temíamos por ti, mi valiente guerrero— le decía mientras lo ayudaba a incorporarse.
—¡Tengo hambre!—, respondió con voz baja y suave, se notaba débil y un poco aturdido.
—¿Qué pasó?, ¿A dónde vamos?— preguntó, notando que todavía estaban en la barcaza, se tocó el hombro al sentir un dolor punzante que le recorría por toda la espalda.
—Con calma, hazlo despacio, sostente de mi para que no tengas que hacer tanto esfuerzo— ya que logo sentarlo prosiguió a responder: — Nos dirigimos al norte, —
— ¿Al norte?— preguntó sorprendido. —¿Pero qué ha pasado?, Recuerdo que tenía a ese maldito al filo de mi espada cuando de repente todo se nubló — explicó con angustia.
—Voy a traerte algo rico de comer— salió y casi en un parpadeo estaba de vuelta con una canastilla con comida para Ogodei.
Ella le contó todo lo que había pasado, solo que no se atrevió a contarle nada sobre el embarazo, trató de animarlo diciéndole que todo estaría bien, que ella se iba a encargar de sus cuidados y de su alimentación.
—Qué gran honor,— mencionó burlonamente. Serás mi enfermera personal.
—Eso y más haría por ti,— respondió ella. —Después de lo que has hecho por mí, incluso arriesgando tu propia vida. "No tengo forma de agradecerte",— avergonzada, inclinando la cabeza.
metió las manos dentro de la canastilla que estaba cubierta con mantas para mantener el alimento caliente.
—Pero eso es suficiente. Toma, come esto. Le ayudará a tu cuerpo a recuperar fuerzas, luego deberemos cambiar las vendas y limpiar la herida.—
Ella no pudo soportarlo más y lo abrazó entre lágrimas.
—Ya, ya, cálmate,— dijo, acariciando su cabello. —No tienes nada que agradecer. Te prometí que siempre te cuidaría. ¿Lo olvidas?—
—No, claro que no,— dijo entre sollozos.
—Bueno, yo tampoco. Soy un Möngömaa y los Möngömaa cumplimos nuestras promesas,— se notaba el orgullo en su voz.
Ella se apartó de él y lo miró a los ojos. Había algo que tenía que decirle, algo que cambiaría su vida. Pero, no sabía cómo hacerlo, o si era el momento adecuado. Temía su reacción o su rechazo. Pero también anhelaba que la comprendiera.
—Hay algo que debo decirte,— su voz temblaba.
—¿Qué pasa? ¿Hay algún problema? — pregunto preocupado al ver que no podía dejar de llorar.
Entre sollozos y tratando de contener el llanto, respondió: — No, no te preocupes, come, come espero que te guste, es un guiso de pescado con verduras y arroz. Lo preparé yo misma con la ayuda de Navid. Espero que te guste,— dijo, mientras le ofrecía un plato humeante.
Ogodei tomó el plato con cuidado y le dio un mordisco. El sabor era delicioso y el aroma le abrió el apetito. Él lo devoró con apetito voraz, terminó con todo, gustoso se acomodo en la camilla, mientras ella lo miraba con una sonrisa.
—Estuvo delicioso. Quién lo diría princesa, eres una excelente cocinera, dijo, lamiéndose los bigotes.
— Me alegra que te haya gustado. Ahora debes descansar un poco más. Pronto llegaremos a nuestro destino,— se acercó a él y acarició su cabello.
— ¿Y cuál es nuestro destino? — preguntó, curioso.
— Es una sorpresa. Pero te aseguro que te encantará. Es un lugar muy especial — respondió misteriosamente.
—¿Un lugar especial? ¿Qué será?— preguntó, intrigado.
— Lo sabrás pronto. Pero por ahora es mejor que cierres los ojos y duermas. Te lo mereces — dijo mientras besaba su frente.
Él obedeció y cerró los ojos. Se sintió agradecido y feliz. Tenía a la princesa a su lado y eso era todo lo que le importaba. Se quedó dormido con una sonrisa en los labios, soñando con la estepa, su hogar.
Al irse, se sintió aliviada por un lado, al saber que Ogodei se estaba recuperando muy bien, pero por otro lado no podía creer cuánto habían cambiado las cosas, tan rápido. Ya no tenía hogar, ni familia, o un lugar a donde ir, peor aún, ahora que los bebés del bastardo estaban en camino. ¿Qué haría ella? Ella no sabía nada de cómo ser madre, todavía era una niña, aunque la sociedad dijera lo contrario. Tenía miedo de que Ogodei se decepcionara de ella.
Así pasaron los días. La rutina diaria había empezado a aburrir a la princesa, acostumbrada a una vida diferente. Además, su cuerpo estaba empezando a cambiar. No pudo ocultar más su embarazo, así que decidió contárselo.
Kyla se armó de valor y caminó hacia él, Ogodei estaba sentado en la cubierta, mirando al horizonte. Le tocó el hombro y sonrió.
— Ha sonado bastante bien, aun te duele?— preguntó mientras tomaba asiento junto a él.
— Si ha cicatrizado bastante bien, gracias a tus cuidados princesa, me duele cuando lo muevo bruscamente, tengo que ir poco a poco, y tu como estas? te noto preocupada?—
— Me conoces bien,— avergonzada agacho la mirada, — hay algo que tengo que decirte, — dijo finalmente sin poder ocultar lo nerviosa que estaba.
— ¿Qué pasa? ¿Hay algún problema? pregunto preocupado mientras levantaba su rostro con su dedo.
— No, no eres un problema. Bueno, tal vez sí. No sé cómo decir esto. Es algo muy importante y delicado,— dijo vacilante.
—Kyla. confía en mí, sabes que puedes contar conmigo para cualquier cosa,— dijo animándola.
— Está bien. Te diré, pero primero quiero que sepas que te quiero mucho, eres como mi hermano mayor, eres mi mejor amigo. Eres lo mejor que me ha pasado en la vida. Y no quiero que nada cambie entre nosotros— dijo emocionada.
—Yo también te quiero mucho. Eres mi luz, mi esperanza, mi razón de vivir. Nada cambiará entre nosotros. Somos inseparables, somos uno,— dijo abrazándola.
— Gracias. Gracias por ser tan bueno conmigo. Ahora escucha, por favor.— inhalo profundamente y continuo. —Lo que voy a contarte es muy difícil para mí y quizás para ti también. Pero tienes que saberlo. Tienes que saber la verdad, dijo,— nuevamente inhalo muy profundo como si tratara de obtener valor del viento.
— ¿Qué verdad? ¿De qué estás hablando? — preguntó, intrigado.
Y sin más respondió— Estoy embarazada,— soltando la bomba.
— ¿Qué?— exclamó, atónito.
— Estoy embarazada. Voy a tener un hijo. O tal vez dos. No lo sé — dijo rompiendo en llanto.
— ¿Un hijo? ¿Dos? ¿Pero cómo? ¿Quién es el padre?— preguntó, confundido.
Sintiéndose atacada con tantas preguntas, continuó— El padre es Inkani. Ese maldito que nos persigue, me tomó a la fuerza, no pude evitar que me hiciera esto— dijo sin poder contener las lágrimas.
— No puede ser. No puede ser verdad. Dime que es una broma, una mentira, es una pesadilla, sí, estoy soñando — dijo sacudiendo la cabeza.
— Ojalá fuera solo una pesadilla. Ojalá pudiera despertar y olvidar todo esto. Pero es la verdad. Es una verdad muy cruel — dijo sollozando.
— ¿Y cómo lo sabes? ¿Cómo estás tan segura? — preguntó, buscando esperanza.
— Lo sé, Ogodei… Lo sé porque el viejo Ming Wu me lo confirmó. El me dijo que estaba embarazada. Y que podrían ser gemelos y algo de una profecía que no entendí, lo sé porque lo siento. Y también lo siento crecer dentro de mí. Lamento mucho esto — dijo, temblando.
— Por todos los Dioses. Esto es horrible, si parece una pesadilla,— dijo Ogodei abrazándola.
— Lo sé, lo sé Y lo siento mucho. No sé qué hacer, tengo miedo, no tengo a dónde ir... Lo he perdido todo, lo siento— dijo Kyla, entre sollozos.
— No tienes que disculparte, princesa." No tienes la culpa de nada. La culpa es de ese monstruo, de ese cabrón, maldito hijo de perra. Él es el culpable de todo esto. Pero no te preocupes, le haré pagar todo — dijo furioso mirando al sol que se ocultaba en el horizonte.
— Todo fue tan rápido, que ya no sé ni quien soy, dijo Kyla.
— ¿Quién eres? eres todo para mi, eres la dueña de mi corazón— Dijo un tanto exaltado y nervioso, no era fácil para decir esto.
—Espera un momento, ¿Qué me estás diciendo?— pregunto Kyla con sorpresa por las palabras de Ogodei
— Que te amo, y quiero casarme contigo, o dime que soy para ti princesa— Dijo debilitando la voz al notar una reacción muy diferente a la que esperaba después de su declaración
—Eres mi mejor amigo, no sabia que sentías eso por mí— respondió Kyla presa de la confusión.
— Este amor que siento por ti, es puro— dijo Ogodei mirándola a los ojos tratando de mantener la calma y la esperanza.
— Ogodei, no. no hagas esto No compliques las cosas. No quiero hacerte daño — dijo sin saber que hacer ni qué decir.
— ¿Qué hago, princesa? ¿Qué quieres que haga? ¿Qué quieres que sienta?— preguntó, angustiado.
— Quiero que seas mi amigo. mi mejor amigo Eres lo único que tengo. Quiero que me apoyes, que me ayudes, sé que pido demasiado, pero te necesito a mi lado, Ogodei. Quiero que estés conmigo,— dijo Kyla suplicante.
— Y yo quiero estar contigo. Quiero estar contigo siempre. Pero no solo como tu amigo. Quiero ser algo más, quiero ser tu esposo, quiero ser su padre — dijo Ogodei mirando su vientre. — Quiero ser todo para ti, por que tú eres todo para mí, dijo apasionadamente.
— No puedes decir eso o sentir algo así. ¿Cómo puedes querer eso? Es imposible, lo siento pero es una locura — dijo Kyla asustada.
— No es imposible, ni es pecado, o una locura. lo que siento por ti es amor, Amor puro... mi amor por ti es verdadero,— dijo, besándola.
De repente se apartó y salió llorando hasta el otro extremo de la barcaza.
— Lo siento, Kyla. No debí haberlo hecho — dijo Ogodei, saliendo tras ella, todavía con dolor pero con fuerzas suficientes para levantarse.
Ella corrió hacia la proa de la barcaza, tratando de alejarse de él. Se sintió confundida, asustada y culpable. No sabía qué hacer o qué pensar. Ogodei la había besado y a ella no le había gustado y también le había dolido. Le había dolido porque sabía que era un error, lo sentía como un hermano, era sólo una ilusión. No podría amar a Ogodei, no así. Tampoco podía ser suya, al menos no en ese sentido. No podía olvidar lo que había pasado, lo que podía pasar.
Con todo el dolor de su corazón, Ogodei tiene que aceptar la decisión de Kyla, aunque sus palabras son más dolorosas que la herida en su hombro. Cada una era como una flecha directa al corazón.
— Kyla, quiero que sepas que te respeto y que te apoyo en lo que viene. Sólo quiero que seas feliz y encuentres la paz que buscas. Perdóname lo hice sin pensar— dijo, mirándola con una sonrisa triste.
— Te agradezco por ser tan noble y generoso conmigo. Sé que te he hecho sufrir y también que te pido demasiado, también sé que te he decepcionado. No era mi intención, lo juro. Siempre te amé y siempre te amaré. Pero no de la manera que tu me amas, no podré amarte de la manera que te mereces. Me duele haberte lastimado y tengo miedo de perderte. Pero también me duele mentirte, no quiero engañarte. Es algo que no puedo explicar, controlar o cambiar. y ahora en mi situación no se me ocurre nada más. — Dijo Kyla, mirándolo con lágrimas en los ojos.
— No tienes que disculparte, ni dar explicaciones o justificarte si quiera. Entiendo lo que sientes pero sé que no puedo luchar contra el destino, ni contra el amor. Sé que tengo que dejar ir estos sentimientos, y que tengo que seguir adelante, tengo que ser fuerte.. — Ogodei la miró a los ojos, su mirada resignada.
— No te rindas. Eres un felino maravilloso y mereces el mismo amor. Eres un gran felino, un héroe y mereces una felina que te ame, eres un príncipe y mereces una princesa. ten esperanza seguro hay alguien ahí fuera que te está esperando, que te necesita y que te amará como yo no puedo. Alguien que te hará feliz y que te hará sentir el amor verdadero. Alguien que te merezca y que te corresponda. — dijo ella, mirándolo esperanzada.
—Kyla, no sé si eso es cierto o si es posible. Pero te creo y te lo agradezco. Cuando me necesites, aquí estaré, sólo tienes que decirlo y estaré a tus pies, porque sobre todo... te amo. Te amo, Kyla. Te amo dijo Ogodei, abrazándola.
— Perdóname Ogodei- dijo Kyla abrazándolo — Perdóname— .
Días después, el clima cambió abruptamente. El aire frío del norte empezaba a sentirse. Se acercaban a la costa de Los Colmillos del Diablo, en ese lugar se juntan las corrientes, provocando con su choque fuertes e inesperadas tormentas.
El cielo se oscureció y el viento se intensificó. El mar se agitó y las olas se elevaron. La barcaza se sacudió y los marineros se asustaron. Sabían que se avecinaba una tormenta, una tormenta terrible, una tormenta que podría ser mortal.
— ¡Todos en sus puestos! ¡Asegúrate de que las velas estén bien atadas! ¡Hé tu sostén los remos! Piloto ¡Mantener el rumbo!— Navid gritaba órdenes a su tripulación, quienes trataban de mantener el control.
— ¡Esto es una locura! ¡No podemos seguir así! ¡Tenemos que dar la vuelta! ¡Tenemos que encontrar refugio! gritó uno de los marineros, tratando de escapar.
— ¡Cállate, cobarde! ¡No hay vuelta atrás! ¡No hay dónde refugiarse! Sólo hay una salida: ¡adelante! ¡Vamos o moriremos!— gritó el capitán, golpeándolo.
— ¡Capitán, capitán! ¡Mira allí! ¡Hay una isla! ¡Podemos llegar a ella! ¡Y podemos salvarnos a nosotros mismos! — gritó otro de los marineros.
— ¡No seas tonto! ¡Eso no es una isla! ¡Es una trampa! ¡Mira, es una roca! ¡Eso es!...—
— ¡Es uno de los Colmillos del Diablo! ¡Si nos acercamos, nos destrozará! ¡Y nos hundirá! ¡Puede matarnos!— gritó el Piloto, sacudiendo la cabeza y apoyando firmemente las manos en el timón.
— ¡Pero capitán, capitán!" ¡Mira allá! ¡Hay una luz! ¡Parece una señal! ¡Aún hay esperanza!— gritó otro de los marineros, señalando.
— ¡No te engañes! ¡Eso no es una luz! ¡Eres un fraude! ¡Es fuego! ¡Eres una de las Llamas del Infierno! ¡Si nos acercamos, nos quemará! ¡Arderemos en segundos! ¡Nos aniquilará! — gritó el capitán negándose.
— Es la maldición de este lugar. Los Colmillos del Diablo es un lugar maldito, donde los débiles pierden la cordura. Tenemos que ser fuertes y resistir. Ijya nos protegerá. — dijo uno de los marineros, rezando.
—No hay maldición, diablo, que Ijya no pueda combatir. Debemos tener fe, Ijya nos salvará del peligro. Tenemos que ser fuertes, hagan uso de sus habilidades, son felinos fuertes e intrépidos. — Navidad nos guiará. — dijo confiadamente otro de los marineros.
— Sí, los guiaré. Los llevaré hacia el norte, a la tierra de los Gigantes, a la cuna de los guerreros. Te guiaré hasta Armengol, te llevaré al puerto más grande y rico del mundo. Los llevaré a la gloria, dijo Navid, para calmar a sus felinos.
Y así continuaron navegando. Navegaban entre las olas y los relámpagos, los fuertes vientos soplaban sin cesar. Navegaban entre rocas y llamas, a pesar de los gritos de aliento sabían que navegaban entre la vida y la muerte, no sabían si llegarían a su destino, pero tampoco podían darse por vencidos.
Después de varias horas, la tormenta cesó y el sol volvió a brillar. El mar se calmó y la costa se veía a lo lejos, se alegraron. Era Armengol, donde se encontraba el puerto más grande y rico del mundo. Era Armengol, tierra de los Ancestros Ogodei, su viaje finalmente había terminado.
— ¡Lo hemos logrado! ¡Hemos llegado! ¡Hemos llegado sanos y salvos!— gritó el capitán, celebrando.
— ¡Lo has conseguido! ¡Llegamos! ¡Hemos vencido la tormenta! — gritó uno de los marineros, felicitándolo.
— ¡Lo hemos logrado! ¡¡Hemos llegado!! — gritó otro de los marineros, agradeciéndole.
— ¡Lo hemos logrado! ¡Hoy es un gran día! — Gritó Ogodei, sonriendo.
Y así llegaron. Dispuestos a desembarcar con orgullo, alegría y esperanza. Con coraje renovado y recuperando fuerzas gracias a su fe. Desembarcaron con su espada, su arco y sus lanzas. Desembarcaron con sangre y sudor, felices de llegar vivos. Finalmente... desembarcaron,
6
EL PUERTO
Kyla no podía creer lo que veían sus ojos. El puerto de Armengol era el más grande y concurrido que jamás había visto. En los muelles atracaban cientos de barcos, de madera y lona, con velas, remos y proas decoradas con cabezas de dragones y serpientes de todos los tamaños y formas, cargados con mercancías y felinos de todo el mundo. El aire se llenó de maullidos, risas, cantos y música, se mezclaban con el olor a sal, pescado y especias. Kyla se sintió abrumada y fascinada por la diversidad y el bullicio de ese lugar. Entre los barcos que se vieron en el puerto, Kyla pudo distinguir algunos drakar, Langskip, knarr y karve, que eran los nombres que los Keltar daban a sus embarcaciones según su tamaño y función. Los drakar eran los más grandes y majestuosos, con capacidad para más de cien guerreros y una vela cuadrada que les permitía navegar a gran velocidad. Los langskip eran más pequeños y ágiles, ideales para exploración y ataques sorpresa. Los knarr eran buques de carga, con un casco más ancho y profundo que podían transportar hasta 24 toneladas de mercancías. Los karve eran los barcos más versátiles, aptos para el comercio, la guerra y el transporte de personas, con un cofre para almacenar recursos y espacio para cuatro tripulantes.
Ogodei, le explicó con orgullo el nombre y función de cada barco, mientras señalaba con el dedo los ejemplos que veía pasar. Era descendiente de los keltar, una cultura que había conservado su lengua y sus tradiciones. Ogodei sintió una emoción especial al poner un pie en la tierra de sus antepasados, que había abandonado años atrás para acompañar a su padre a reinar en Möngömaa. Armengol era el país más poderoso y rico de los Keltar, y su puerto era el centro del comercio y la cultura de toda la región.
Kyla escuchó con atención y curiosidad las palabras de Ogodei, mientras intentaba comprender el idioma que hablaban los lugareños. Era una mezcla de Gatívico y Míaumico antiguo, con algunas palabras tomadas de otros idiomas. Kyla había aprendido algo de Míaumico antiguo en la academia real de Wattana, pero Gatívico le resultaba más difícil debido a su pronunciación gutural. Afortunadamente, Ogodei actuó como traductor cuando fue necesario. Kyla se maravilló ante la variedad de personas y productos que se podían encontrar en el puerto, desde sedas y especias de Oriente hasta pieles y metales de Occidente. El tiempo era frío y húmedo, pero el sol brillaba en el cielo azul, reflejándose en el mar y los barcos. Kyla se envolvió en su capa de lana y se acercó a Ogodei, buscando su calidez y protección. Se sentía como si estuviera en un sueño, o en un mundo nuevo, lleno de posibilidades y sorpresas.
Pero lo que más le llamó la atención fueron los keltar, los habitantes de Armengol. Eran felinos muy grandes, robustos y de pelo largo. Se originaron en Kem-pe-sten, al norte de Armengol, y se creía que eran una de las razas naturales más antiguas del mundo. El felino Keltar se caracterizaba por tener una gorguera prominente en el pecho, una cola larga y tupida y unas orejas grandes con mechones en las puntas. Su pelaje era desigual, con pelos protectores más largos sobre una capa interna sedosa. El color del pelaje puede variar mucho, desde el blanco al negro, pasando por el gris, el marrón y el rojo. Algunos tenían manchas, rayas o parches de diferentes tonalidades. Sus ojos eran verdes, azules, amarillos o naranjas, y brillaban de inteligencia y curiosidad.
Kyla se quedó sin palabras al ver a esos felinos, que le parecían tan hermosos como imponentes. Nunca había visto nada parecido. Se preguntó cómo sería su vida en Armengol, qué tipo de cultura y costumbres tendrían, cómo se relacionarían con otros pueblos y razas. Se acercó a uno de ellos, que estaba apoyado contra una pared, y le sonrió tímidamente, esperando que no le gruñera.
— Hola – le dijo Kyla con una voz dulce y melodiosa.
— Hola — El keltar respondió con voz profunda y ronroneante. —¿Quién eres?—
— Mi nombre es Kyla y soy una felina del sur. He venido con Ogodei, el príncipe de los Keltar y los Möngömaa.
—Ya veo—, dijo, mirando a Ogodei con interés. — ¿Qué relación tienes con él?
— Somos amigos — respondió, sin saber qué más decir.
— ¿Solo amigos? — insistió, con una sonrisa pícara mirando su vientre que crecía cada vez más.
—Sí, sólo amigos— repitió Kyla, sintiendo que se sonrojaba.
— Bueno, me alegro de conocerte, Kyla. Eres una felina muy linda. Espero que disfrutes de tu estancia en Armengol. Es una ciudad maravillosa.
— Gracias — respondió Kyla, inclinando la cabeza a modo de reverencia. — Es usted muy amable. Me gustaría saber más sobre Armengol y sobre ustedes los keltar. Parecen felinos muy interesantes.
El felino se enderezó, sus ojos brillando con una mezcla de orgullo y pasión. Su pecho se infló, como si llevara consigo siglos de historia y tradición. Cada palabra que pronunciaba resonaba con la fuerza de su linaje, su postura hablaba de generaciones de guerreros y sabios.
—Y lo somos,— rugió, su voz ronca y profunda. —Los keltar no somos simples mortales. Somos los guardianes de las tierras altas, los navegantes de los mares y los custodios de secretos ancestrales. Nuestra cultura es simple y se basa en el amor a la tierra, tomamos sólo lo necesario y tratamos de devolver lo que la tierra nos da. Nuestra fe es grande, porque adoramos a muchos dioses, felinos divinos que nos dieron vida y que cuidan de nosotros. Nuestro arte es variado, destacando la música, la danza, la pintura y la escultura. Nuestra ciencia es avanzada, desarrollamos conocimientos sobre astronomía, medicina, ingeniería y navegación. La metalurgia es nuestra principal fuente de ingresos. Y nuestra magia… oh, nuestra magia es poderosa. Utilizamos los elementos de la naturaleza y los símbolos de los felinos divinos para realizar hechizos y rituales.—
El felino se inclinó hacia Kyla, con los ojos fijos en los suyos. —Nuestra magia es la esencia misma de la naturaleza. Invocamos tormentas y calmamos mares. Curamos heridas con palabras antiguas y tejemos hechizos que desafían el tiempo. Somos los guardianes de los portales, los que cruzan entre mundos y llevan la sabiduría de las estrellas en sus pupilas.—
Finalmente, se irguió con majestuosidad. —Así somos los keltar de las tierras altas, así será contado en las leyendas que trascienden los siglos. No somos simples felinos; somos la encarnación de la tierra, el viento y el fuego. Y ahora, mi pequeña sureña, tú serás testigo de nuestra grandeza.
— Qué maravilla — exclamó la princesa, impresionada.
— Lo es, ¿cierto? – asintió el Keltar. — Pero ojo, no todos los keltar son tan amigables como yo. Algunos son engreídos, orgullosos o territoriales. No les gusta que los extraños les hablen o los molesten. Si lo haces, es posible que gruñan, resoplan o incluso te golpeen.—
— ¿Y cómo sé con quiénes puedo hablar y con quiénes no? —preguntó Kyla, curiosa.
—Es fácil—, dijo el Keltar. — Sólo hay que fijarse en sus orejas y su cola. Si los tiene levantados y erguidos significa que están felices y relajados. Si los tiene abajo y pegados al cuerpo significa que está enfadado o incómodo. Y si no hacen contacto visual, no lo busques.—
— Oh, ya veo — dijo Kyla, asintiendo. — Gracias por la información, ¿Cómo te llamas?—
— Mi nombre es Hans y soy el líder del puerto.—
— Lindo, Hans, soy Kyla y soy una felina Sakchai del sur. He venido con Ogodei, el príncipe de los Keltar y los Möngömaa.
— Lo sé — dijo Hans, con una sonrisa.
— Oh, es asombrosa su magia— respondió asombrada la princesa
—No, no es eso, solo que ya lo habías dicho antes — Hans hecho a reír
—Es verdad — dijo Kyla, sonriendo un tanto avergonzada. — Lo siento, estoy un poco nerviosa.
—No te preocupes, — Hans, acariciando su mejilla. - Es normal. Estás en un lugar nuevo y diferente. Pero no tienes nada que temer. Aquí estarás seguro y bienvenido.
— Gracias, Hans. Eres muy amable me resultas encantador.—
— De nada, Kyla, gracias a ti por escuchar—le tomó la garra y la beso — pues bienvenida princesa, disfrute su estancia en Armengol— mirándola fijamente y retirándose despacio.
— ¿Qué estás haciendo? — interrumpió Ogodei, quien se acercó a ellos con expresión de sorpresa y con una actitud que parecía de celos.
— Estamos charlando — respondió Hans, con una sonrisa inocente.
— ¿Chateando? — repitió Ogodei, frunciendo el ceño.
— Sí, charlando — confirmó Kyla, sin entender su reacción. —Hans ha sido tan amable de darme la bienvenida y una… resumida historia de su pueblo—
— Bueno, ya basta de bienvenidas — dijo Ogodei, agarrando a Kyla por la garra y tirando de ella. — Tenemos que irnos. Nos están esperando en el castillo.
— ¿En el castillo? — preguntó confundida. — Y como sabes eso, si acabamos de llegar —
— Sí, en el castillo — respondió él, sin soltarse. — Vamos, no hay tiempo que perder.
— Nadie atranca en Armengol sin que el rey Esben lo sepa, su majestad — respondió Hans
— Pues muchas gracias por la información Hans — Dijo Ogodei un poco irritado — despídete de tu nuevo amigo Kyla es hora de irnos. —
— Adiós, Hans — se despidió, mientras Ogodei se la llevaba casi a rastras.
— Adiós — se despidió Hans, divertido por la situación, mientras los veía partir.
— ¿Qué te pasa, Ogodei? — preguntó, cuando ya estaban fuera del puerto.
— Nada, nada — dijo el, evasivo.
— No me mientas — insistió. — He visto tu cara. usted es celoso. —
— ¿Celoso? — él estaba sorprendido. — ¿De quien?—
— De Hans — respondió Kyla. — Te molestó que hablara con él.
— No, no me ha molestado — negó. — Simplemente me pareció extraño.
— ¿Extraño? — se preguntó. — ¿Por qué? —
— Porque es un Keltar — explicó Ogodei. — Y tú eres una Sakchai.—
— ¿Y eso qué tiene que ver? — preguntó. — Los Keltar son felinos, como nosotros. —
— No, no lo son, son… — titubeante continuo — son Keltar — frustrado al no poder explicarle a qué se refería Ogodei. — Ellos son diferentes.
— ¿Diferente? — Kyla estaba indignada. — ¿En qué?. Bueno, pues sí son enormes. Pero además de eso, ¿en que son diferentes a mi? – dijo sorprendida.
— En todo— dijo Ogodei. — No solo en su tamaño, en su pelaje, en sus ojos, en su voz, en su carácter, en sus costumbres, su manera de pensar es un poco tosca, por no decir bárbara, son fieros y toman lo que les viene en gana, y se atreve a enfrentarlos, pues no terminan bien— Ogodei se notaba irritado pero tenía que ser paciente con la princesa, era la primera vez que veía a un Keltar de raza pura, era la primera vez que veía el mundo.
—Eso no es cierto,— protestó Kyla. — Hans es muy parecido a nosotros. Es amable, generoso, sabio y educado. Además, tú también eres un Keltar, ¿no?—
Ogodei no dijo nada, sólo la miró y sonrió con picardía. Luego, tomó su mano y la llevó hacia donde estaban las monturas.
— Tenemos que ir por monturas, el camino hacia el centro de Armengol todavía es un poco largo. Tenemos que darnos prisa, no queremos que nos sorprenda la noche. El frío en el bosque es horrible por la noche, sin mencionar lo confuso que resulta.—
Kyla asintió sin soltar su garra. Estaba nerviosa y emocionada por conocer Armengol, la ciudad de los keltar, el pueblo de su padre. Se preguntó ¿Cómo sería el lugar?, ¿Cómo sería la gente ahí?, ¿Cómo sería el castillo?. Y, sobre todo, se preguntaba ¿Cómo sería el rey Esben?, el abuelo de Ogodei, el hombre que los había convocado.
Navid se acercó a ellos, diciendo que todo estaba listo y que las alforjas ya estaban cargadas. Los Pots eran animales enormes, parecidos a una mezcla entre búfalo e hipopótamo peludo, pero su pelo era blanco como la nieve y largo. Tenían cuernos curvos, colmillos afilados, sus ojos eran pequeños y tenían orejas redondas. Eran muy fuertes y resistentes, capaces de soportar mucho peso y soportar el frío extremo. Eran las monturas preferidas de los keltar, quienes los cuidaban y respetaban.
A Ogodei no le resultaba nada extraño viajar en uno. Estaba acostumbrado a montar cangams por las estepas todo el tiempo. Los cangams eran como camellos robustos, de pelo corto y colores variados. Tenían enormes jorobas, piernas largas y fuertes, ojos enormes y orejas puntiagudas. Eran muy ágiles y rápidos, capaces de correr largas distancias y adaptarse al clima seco y caluroso, aunque no resistieron tan bajas temperaturas. Eran las monturas favoritas de los Möngömaa, quienes los cuidaban y criaban.
Kyla se sintió extraña al ver a los Pots. Ella nunca había montado en un animal tan grande y peludo. Se preguntó si podría subirse a uno y si se sentiría cómoda y segura. Además, tenía otra preocupación.
— ¿Podré montar en mi condición? — dijo tocándose el vientre.
—Por supuesto, princesa—, respondió Ogodei, acariciando a la enorme bestia. — Es mucho más cómodo montar un Pot que un cangam. Son mucho más estables debido a su enorme tamaño. Vamos, no tengas miedo, princesa.
Él la ayudó a subir a una de las ollas, que estaba decorada con mantas de colores y campanas. Luego se subió a la otra olla que estaba al lado de la de Kyla. Navid les entregó las riendas y les deseó un buen viaje.
Ogodei y Kyla agradecieron a Navid por el viaje. Ogodei le dio a Navid una buena recompensa por su ayuda. Eran grandes amigos. Se habían conocido en la estepa, cuando Ogodei era un niño y Navid era un joven comerciante. Él le había enseñado muchas cosas a Ogodei y lo había acompañado en muchas aventuras. Era como un hermano mayor para Ogodei.
— Ha sido un placer viajar con vosotros, amigos - dijo Navid, con una sonrisa. — Espero que os vaya bien en Armengol. Sé que tienes una misión importante que cumplir.
— Gracias, Navid. Eres un gran amigo y un gran compañero – dijo Ogodei devolviéndole la sonrisa. — Espero que nos volvamos a ver pronto. Sé que tienes muchos asuntos que atender.
— No te preocupes. Siempre encontraré tiempo para ti. Eres como un hermano para mí - le dijo el Azura abrazándolo. — Cuídate mucho y cuida a tu princesa. Es una felina muy especial.—
— Lo haré, hermano. Gracias por todo — dijo Ogodei soltándolo. — Y tú también te cuidas, cuida de tu caravana. es tu vida—
—Lo sé, Ogodei. Es lo que soy — dijo Navid guiñándole un ojo. — Y no olvides escribirme. Quiero saber cómo te va en el castillo.—
— Te escribiré. No te preocupes — dijo el príncipe asintiendo. — Y tú también me escribes. Quiero saber cómo te va en el sur.—
— Lo haré. No lo dudes - dijo Navid levantando la mano. — Bueno amigos, me despido. Que Ijya os bendiga y proteja.— levantando la garra con un movimiento rápido de izquierda a derecha
—Adiós, Navid. Que los divinos felinos te bendigan y protejan — dijeron Ogodei y Kyla, al unísono.
Navid se alejó montado en su cangam, seguido por el resto de su caravana. se quedaron para verlo irse, hasta que desapareció en el horizonte. Luego se miraron y sonrieron.
— ¿Estás lista, princesa? — preguntó, acariciando su mejilla.
—Sí, estoy lista, príncipe,— respondió ella, asegurando las riendas en sus garras.
— Vamos. Armengol nos está esperando — dijo tirando de las riendas.
— Vamos. Armengol nos está esperando – le dijo Kyla imitando a su amigo. quien espoleó a su montura para echar a andar.
Los dos Pots partieron, siguiendo el camino que conducía al centro de Armengol. Ogodei y Kyla caminaban juntos, tomados de la mano, mirando el paisaje que se abría ante ellos. Era un paisaje verde y frondoso, lleno de árboles, flores, pasto y agua. Era un paisaje hermoso y pacífico, que les transmitía paz y armonía.
Una vez emprendido el viaje, Kyla se dio cuenta de que desconocía por completo la historia del origen de su amigo y salvador Ogodei. De las aventuras en la estepa sólo supo que él le contaba las tardes de verano que Ogodei pasaba en Wattana, cuando era niño y vivía con su madre, la princesa Khair, hija del fallecido y derrocado Gerel Nomin, el último Gerel. de los Möngömaa.
Kyla recordó algunas de las historias que le había contado Ogodei. Historias de cómo había aprendido a montar un cangam, a cazar, a pastorear y a sobrevivir en el duro clima de la estepa. Historias de cómo se había familiarizado con la cultura y la fe de los Möngömaa, quienes lo habían fascinado por su sabiduría y espiritualidad. Historias de cómo se había hecho amigo de los jefes de los clanes de Möngömaa, quienes lo habían reconocido como su príncipe y le habían jurado lealtad. Historias de cómo se había sentido feliz y libre en la estepa, donde había encontrado muchos amigos y aventuras.
Pero Kyla no sabía nada del otro lado de la vida de Ogodei. La parte que tenía que ver con su padre, el rey Eskol, hijo del gran rey Esben, señor de Armengol y conquistador de Khulan. La parte que tenía que ver con su pueblo, los keltar, una raza de guerreros y comerciantes felinos que dominaban el norte y que derrotó a los Möngömaa. La parte que tenía que ver con su ciudad, Armengol, la capital del reino Keltar, una ciudad maravillosa y poderosa. La parte que tenía que ver con su destino, siendo él el heredero y sucesor de su padre, siendo él el futuro rey de Armengol y la estepa.
Kyla tenía curiosidad por saber más sobre esa parte de la vida de Ogodei. Quería conocer su historia, su familia, su cultura, su fe, su esencia.
7
WATTANA
Inkani estaba furioso, molesto y acalorado. Las picaduras de mosquitos le hacían rascarse sin parar y el calor insoportable de la selva le hacía sudar como un cerdo. Llevaba una armadura de metal que lo agobiaba y oprimía, una espada de acero colgaba de su cinturón. Su cangam negro resoplaba y temblaba, molesto por las moscas y el polvo. A su alrededor, sus soldados lo seguían con expresión cansada y aburrida. Eran unos doscientos guerreros, vestidos con uniformes rojos y negros, los colores de Cailian. Eran los mejores guerreros de todo el ejército Ukudama, entrenados para luchar y obedecer. Pero no estaban acostumbrados a ese clima y ese terreno. Estaban cansados de caminar y esperar. Querían llegar a la capital lo antes posible y poner fin a su misión.
A su lado, el viejo Yang Wu lo miró con una sonrisa irónica. Vestía una túnica de seda azul y un sombrero de paja que le cubría la cabeza. Su cangam gris trotaba con agilidad, sin mostrar signos de fatiga. A la espalda llevaba un bolso de cuero con sus pertenencias. Era un viajero que conocía todos los rincones del mundo. Había visto y vivido muchas cosas y tenía mucha sabiduría y experiencia. Pero también tenía un secreto, un secreto que podría cambiarlo todo.
—¿Qué te pasa, mi señor? — El viejo Yang Wu le preguntó en voz baja. — ¿No te gusta la selva de Wattana?—
—No, no me gusta — respondió Inkani, con voz áspera. — Es un lugar horrible y repugnante. No entiendo cómo puede haber gente que viva aquí.—
—La jungla de Wattana es un lugar muy diferente a las montañas", dijo el viejo Yang Wu con voz tranquila. — La selva Wattana es un mundo verde y húmedo, donde la vida se abre paso entre árboles gigantes y lianas. El aire se llena de sonidos de pájaros, monos, insectos y otros animales. El sol apenas se filtra entre las hojas, creando una atmósfera lúgubre y misteriosa. La selva es el hogar de muchas tribus que viven en armonía con la naturaleza, pero también de peligros como serpientes, fieras y embaucadores.
— ¿Qué son los trompodantes? Preguntó Inkani, curiosa.
— Los trompodantes son animales parecidos a los elefantes, pero de pelo corto y castaño. Tienen trompa, orejas grandes, ojos pequeños y colas largas. Son muy fuertes y resistentes, capaces de soportar mucho peso y soportar el calor. Son los animales más grandes de la selva y los más temidos. Pueden aplastar a un felino con un solo paso, o arrancarle la cabeza con un solo golpe de su trompa. Son muy territoriales y agresivos, y no toleran que nadie se acerque a su hábitat. Su hábitat son las zonas más abiertas y secas de la selva, donde hay menos árboles y más pasto. Los trompodantes se alimentan de frutos, hojas y raíces y beben mucha agua. Viven en manadas de unos diez individuos, lideradas por los más grandes y los más viejos. Se comunican entre sí a través de sonidos profundos y profundos, que pueden escucharse a kilómetros de distancia.
— ¿Y cómo evitas a los trompodantes? — preguntó Inkani, preocupado.
— Para evitar a los embaucadores, mantente alejado de su territorio, — respondió el viejo Yang Wu con voz seria. — Y si se te encuentran en el camino, se les respeta y se les deja pasar. No se les provoca, o se les ataca, si se les molesta son muy hostiles. Los trompetistas son animales dignos de admirar, pero también de temer.—
— Ya veo,— Inkani, asintió con la cabeza. — Gracias por la información viejo, a veces eres muy útil y muy sabio.—
— De nada, mi señor,— el viejo Yang Wu, sonrió. — Es un placer ayudarte y acompañarte. Eres muy valiente aunque demasiado ambicioso, y demasiado jamás ha sido bueno.—
— Lo soy,— Inkani respondió sacando el pecho con orgullo. — Soy el hijo del gran rey Zhuang, el señor de los Ukudama, el conquistador de Cailian. He derrotado ejércitos, sitiado ciudades, he sometido pueblos, he saqueado tesoros, he esclavizado a pueblos enteros. No hay nada que pueda asustarme, no hay nadie que me detenga. Soy el más fuerte, el más valiente, soy muy inteligente. Soy el elegido de Ijya, el destinado a gobernar el mundo.—
— Lo sé, mi señor,— el viejo Yang Wu, asintió. — Ya me lo has demostrado muchas veces. Y te creo, mi joven señor. Tienes un gran potencial y una gran voluntad. Pero también tienes un gran problema, joven Inkani. Un problema que puede arruinar tus planes, y tu futuro.—
— ¿A si? y, ¿Qué problema es ese? — preguntó Inkani, sorprendido.
— Eres demasiado soberbio y eso te hace confiado— respondió el viejo Wu
— ¿Confiado?, ¿Acaso estas ciego anciano?, conquiste la ciudad impenetrable de Wattana sin ningún problema, claro que tengo todo el derecho de ser todo lo soberbio que yo quiera.— Inkani comenzaba a irritarse
— Eso es un hecho mi señor, pero ahora tenemos no uno si no 2 enormes problemas — Yang Wu confiaba en que conocía muy bien a Inkani y que podría guiarlo como lo hizo con su padre.
— Las princesas, lo sé, pero tengo a mis espías infiltrados entre los Sakchai pronto tendremos la ubicación de las princesas — Inkani cambió de posición en la montura una vez más y dijo. — Que incomodo es este clima, todo me suda y la armadura se me pega en el trasero, Aparte de eso no veo ningún otro problema—
— El problema en la ruta comercial, joven Inkani,— dijo seriamente el viejo Yang Wu. — La ruta comercial que conecta el sur con el norte. La ruta comercial comienza en Wattana.—
— ¿Qué le pasa a la ruta comercial? — preguntó Inkani, confundido.
— El problema es que usted la mandó cerrar. Y esa es la fuente de riqueza, el poder y la influencia de Wattana,— explicó el viejo Yang Wu. — El problema es que Wattana es una de las regiones más prósperas y avanzadas del mundo, si. Pero Wattana es la ciudad con más aliados y con muy pocos enemigos. Motivo por el cual Wattana se ha mantenido independiente y soberana, a pesar de los intentos de conquista de otros reinos. Y eso le impediría expandir su dominio y su gloria.—
— ¿Cómo es eso? — preguntó Inkani, intrigado.
— Así es, mi señor", continuó el viejo Yang Wu. — La ruta comercial es la ruta terrestre más corta y segura entre el sur y el norte. Por él circulan bienes, personas, ideas y culturas. También comercian, viajan, aprenden y comparten. A través de ella se establecen relaciones, también se firman acuerdos y se crean alianzas, así se evitan conflictos. La ruta comercial es el puente que conecta el sur con el norte y el norte con el sur. La ruta comercial es el cordón umbilical que alimenta a Wattana y Wattana es el puente entre Marama y Armengol. — El viejo tuvo que pegarse al lomo del cangam y golpear sus patas con una vara para que este descendiera un poco y poder librar una rama que casi lo hace caer de la montura, con mucho esfuerzo retomó la postura continuar.
— ¿Y qué hay de malo en eso? — preguntó Inkani, riendo y disfrutando del pequeño accidente del viejo Wu.
— Tiene de malo que en cuanto la noticia llegue al norte, joven Inkani,— dijo el viejo Yang Wu, molesto y acomodándose en la montura. — No es de extrañar que en cualquier momento tengas aquí a los Keltar, es la raza felina que domina la ruta comercial en el centro y el norte. Lo malo es que el mayor tramo de la ruta pasa por Khulan, y es controlada por el pueblo de la estepa, su fuerza es poderosa y también está gobernada por los Keltar, El Gerel Eskoll, es hijo del rey Esben jaaa!! y padre de Ogodei, ese felino que ayudó a la princesa a escapar.—
— ¿Ogodei? ¿así que ese maldito es un Keltar?— Inkani preguntó con incredulidad.
— Es un mestizo, los keltar los llaman Mönguar, — el viejo Wu logró emparejar la montura con la de Inkani, — El comercio y la comunicación se perdieron por que el canal está roto — continuó el viejo Yang Wu
— ¿Roto? — pregunto de nuevo Inkani — ¿De que hablas?
— Sí, roto — confirmó el viejo Yang Wu con voz grave. — Quebrado por su culpa, mi señor. Rota por tu ambición. y por vuestra locura, mi señor.—
— ¿Qué quieres decir? — preguntó Inkani, confundido.
— Quiero decir que usted fue quien mandó cerrar la ruta comercial, mi señor,— dijo el viejo Yang Wu, acusador y algo desesperado. — Quiero decir que eres tú quien ordenó bloquear el paso a los comerciantes, a los viajeros, a los correos, a los diplomáticos. Quiero decir que eres tú quien ordenó romper el equilibrio, la armonía y la paz.—
— No me importa, viejo Yang Wu", dijo Inkani con orgullo. — No me importa lo que piensen o sientan los demás. No me importa lo que hagan ni lo que digan. No me importa lo que quieran o lo que necesiten. Sólo me preocupo por mí y por mi pueblo. que vengan, eso quiero, así me será mas fácil conquistar el mundo, — viejo Yang Wu. — Porque voy a conquistar el mundo.—
— ¿Conquistar el mundo? El viejo Yang Wu repitió con incredulidad. — ¿Cómo vas a conquistar el mundo, joven Inkani? ¿Con qué ejército, con qué recursos, con qué estrategia?—
— Con el ejército que tengo, y con los soldados de Sakchai que ahora son mis soldados, estamos reclutando más cachorros de las aldeas de los alrededores, viejo — dijo Inkani, confiado. — Con los recursos que tengo y la estrategia es seguir paso a paso mi plan como hasta ahora.— Inkani se notaba cómodo cuando hablaba de sus planes.
— ¿Y cuál es vuestro plan, mi señor? — preguntó el viejo Yang Wu con curiosidad.
— Mi plan es sencillo, viejo — dijo Inkani sonriendo. — El mundo hay que tomarlo, porque nadie vendrá a dártelo, así que...
lo tomaré—
— ¿Y cómo vas a hacer eso, joven Inkani?— Preguntó el viejo Yang Wu con escepticismo.
— Lo haré paso a paso, viejo,— dijo Inkani, explicando. — Lo haré isla por isla, reino por reino, ciudad por ciudad. Lo haré con fuerza, astucia y si es necesario con crueldad. Lo haré sin piedad, sin piedad ni remordimiento.
— ¿Y cuál es tu próximo objetivo, joven Inkani? — preguntó el viejo Yang Wu interesado.
— Mi próximo objetivo son las islas de Shi, — dijo Inkani emocionado. — Mi próximo objetivo es la isla de Kaeru, la ciudad más importante del mar occidental. Mi próximo objetivo es la ciudad que guarda muchos secretos, muchos misterios y tesoros. Mi próximo objetivo es la ciudad que cambiará nuestras vidas, si sé conquistarla.—
— ¿Y cómo vas a conquistar a Kaeru, mi señor? — preguntó el viejo Yang Wu, intrigado. — Es la ciudad más peligrosa del mundo, es cuna de ladrones y piratas, la escoria de este mundo se refugia allí, mi señor — preguntó el viejo Yang Wu, intrigado.
— Lo sé, lo haré con tu ayuda, — dijo Inkani, confesando. — Lo haré con la ayuda de todos los amigos y contactos que hice durante mi temporada de intercambio en Kaeru. —
— ¿Y cómo ayudaré a mi señor a lograr tal hazaña? — repitió el viejo Yang Wu, sorprendido.
— ¡Ya verás!— Inkani confirmó triunfalmente. — todo a su debido tiempo, todo a su debido tiempo...
— Cómo has crecido.— dijo el viejo Yang Wu, asustado.
— Lo sé, es porque soy el felino más sabio e inteligente,— dijo Inkani en broma.
La entrada a Sakchai se podía ver desde la jungla,
— Ya hemos llegado. — dijo Yang Wu.
Sakchai era una ciudad impresionante, que se levantaba sobre una gran plataforma de ladrillo, rodeada por una muralla defensiva. La ciudad estaba dividida en dos zonas: la ciudadela, donde vivían los gobernantes, sacerdotes y nobles, y la ciudad baja, donde vivían los comerciantes, artesanos y campesinos. La ciudadela estaba situada en la parte occidental de la plataforma, y contaba con varios edificios importantes, como el gran baño, el granero, la escuela, el templo y el palacio. La ciudad baja estaba situada en la parte oriental de la plataforma, y tenía varias calles rectas y perpendiculares, que formaban manzanas de viviendas. Las casas eran de ladrillo, y contaban con varias habitaciones, patio, pozo y baño. La ciudad contaba con un sistema de drenaje y alcantarillado, que evitaba inundaciones y enfermedades. La ciudad también contaba con varios pozos, fuentes y canales, que proporcionaban agua potable y de riego. La ciudad estaba conectada al río por el gran puerto del norte, donde llegaban y salían barcos que comerciaban con otras regiones. La ciudad era el centro político, religioso y económico de Wattana, y una de las ciudades más avanzadas y prósperas del mundo.
Una vez en palacio, Inkani reunió a sus felinos en el salón del trono. Sus felinos eran sus guerreros más leales y feroces, que lo habían seguido desde Cailian. Eran felinos de diferentes razas, que compartían el amor por la lucha y el respeto por Inkani. Llevaban armaduras y armas de metal y tenían tatuajes felinos en el cuerpo. Fueron llamados así porque imitaban el estilo de lucha de los antiguos Ukus, la raza felina que dominaba las montañas antes de los Ukudama. Inkani admiraba a los Ukus y quería alcanzar su grandeza algún día.
— Mis felinos, gracias por estar aquí,— Inkani se dirigió a todos los presentes y se sentó en el trono. — Gracias por acompañarme en esta conquista, y por ayudarme a tomar Sakchai.—
— A sus órdenes, señor— , dijeron los felinos, inclinándose.
— Quiero saber cómo está la situación en la ciudad — dijo Inkani mirándolos. — Quiero saber qué ha pasado con la princesa Kaly y con los habitantes de Sakchai.
— Mi señor, tengo malas noticias, — confesó Ronghua, arrodillándose ante Inkani. — Hemos descubierto que la princesa Kaly ha logrado escapar de Wattana con la ayuda de algunos aldeanos.—
— ¿Qué? — exclamó Inkani, furioso y poniéndose de nuevo en pie. — ¿Cómo es posible? ¿Quiénes son esos aldeanos? ¿Dónde están? ¿Qué no se supone que tenemos todos los caminos bloqueados y con patrullas nuestras por todas ellas?—
— No lo sabemos, mi señor,— dijo Ronghua, poniendo la frente en el piso. — Sólo sabemos que eran unos pocos, y que se disfrazaban de comerciantes para pasar desapercibidos. Usaron un carro para llevarse a la princesa y abandonaron la ciudad por la puerta norte.—
— ¿Y nadie los detuvo? ¿Nadie te siguió? — Inkani preguntó con incredulidad.
— Lo intentamos, mi señor, pero eran más rápidos y astutos que nosotros,— dijo Ronghua, avergonzado. — Se perdieron entre la selva y no pudimos encontrarlos. Hemos enviado hombres por todo Wattana para buscarlos, pero no hemos encontrado ningún rastro.—
— Es obvio que fueron más astutos, estoy rodeado de pendejos, ¡Maldición!— Inkani maldijo, golpeando el trono. — ¡Esas princesas son más escurridizas que una anguila! ¡No puedo creer que se haya escapado la otra también!— se volvió hacia la pared donde colgaba el retrato de ambas felinas.
— Lo siento, mi señor,— dijo humildemente Ronghua. — Fue nuestro error y asumo toda la responsabilidad. Si quieres, puedes castigarme como mejor te parezca.
— No, Ronghua, no es tu culpa,— dijo Inkani, calmándose. — Sé que has hecho todo lo posible y que eres un guerrero leal y valiente. El error fue mío, por subestimar a las princesas y sus aliados.— volteo a ver al viejo Wu — Tal vez sea mi soberbia después de todo.— sonriendo, ayudó a levantar a su capitán
— No se preocupe mi señor, no voy a dejar que se salgan con la suya. Voy a encontrar a la princesa y la traeré de vuelta. Y a esos aldeanos, les voy a hacer pagar. — Dijo Ronghua, seguro.
— Eso espero, bueno…
¿Ahora qué sigue?, — dijo Inkani, misteriosamente.
— ¿Qué quiere decir, mi señor?,— Dijo solemnemente Ronghua.
— ¿La ruta comercial no? — preguntó Inkani, recordando.
— Sí, mi señor, la ruta comercial", dijo Shunli, afirmando. — La ruta comercial que conecta el sur con el norte. La ruta comercial que controláis, ahora mi señor. — titubeante continuo — El mismo, que usted ordenó cerrar, milord, y no sabemos por qué, ni que hacer con los comerciantes que esperan en las entradas con sus carros llenos de mercancías, mi señor.—
— ¿Y por qué he cerrado la ruta comercial, Shunli? Preguntó Inkani en broma.
— ¿Por qué quiere dañar al norte, señor? — preguntó Shunli, a modo de respuesta.
— ¡Miau! — dijo Inkani, descartando la respuesta - ahora cobraremos 5 veces el costo del peaje por cruzar por Wattana.
— ¿Y eso no molestará a los aliados de Wattana? — dijeron los felinos, en desacuerdo.
— Para eso necesito a la princesa Kaly — dijo Inkani, pensando. — Necesito a la princesa Kaly y su corona. Necesito a la princesa Kaly y a su pueblo. Necesito a la princesa y la lealtad que viene con ella.—
— Y la tendrá, mi señor — dijeron los felinos asintiendo. — Y la tendrá.—
— Bueno, entonces ve a buscarla,— dijo Inkani, ordenando. — y tráela ante mí. y sería mejor que no volvieran sin ella. — No me falles esta vez Ronghua.—
— Sí, señor — dijeron los felinos obedeciendo.
Y sin más, abandonaron la habitación, dispuestos a cumplir su misión. Inkani se quedó solo, mirando el retrato de las princesas Kyla y Kaly. Las miró con deseo, con admiración y desafío. Las miró con odio y con todo lo que sentía, sin detenerse a pensar en todo lo que había provocado.
8ARMENGOL
Kyla sintió el frío en los huesos mientras se acercaban a Armengol. Llevaba un abrigo de piel que Ogodei le había prestado, pero no era suficiente para protegerla del viento helado que soplaba desde las montañas. Estaba acostumbrada al clima cálido y húmedo de Wattana y no podía soportar el clima frío y seco del norte. Se preguntó cómo podía vivir la gente allí.
Ogodei, por otro lado, estaba feliz y emocionado. Llevaba una capa de piel de cangam que le cubría el pecho y los brazos, y una capa de lana que le cubría la espalda y las piernas. Su cabello y barba castaños estaban cubiertos de escarcha y sus ojos azules brillaban con entusiasmo. Estaba acostumbrado al clima frío y a los fuertes vientos, y lo prefería al clima cálido y húmedo del sur. Estaba orgulloso de su tierra y de su gente.
—Finalmente hemos llegado,— dijo Ogodei, señalando. — Está Armengol, la capital de los keltar, la ciudad más importante del norte.
Kyla siguió su dedo y vio la ciudad. Era una ciudad fortificada, que se levantaba sobre una colina frente al mar. La ciudad estaba rodeada por un muro de piedra, que tenía varias torres y puertas. La ciudad contaba con un puerto, donde atracaban barcos mercantes y guerreros. La ciudad también contaba con un mercado, donde se vendían todo tipo de productos y se intercambiaban noticias. La ciudad era el centro político, religioso y cultural de los keltar, y una de las ciudades más poderosas y respetadas del mundo.
—Es impresionante,— Kyla, abrió los ojos sorprendida.
—Lo es,— sonriendo Ogodei avanzó en su montura. — Pero lo mejor está en el centro de la ciudad. Allí se encuentra el castillo, residencia del rey Esben y señor de los Keltar.
Kyla miró el castillo y quedó asombrada. Era una construcción imponente, que contaba con cuatro alas y un patio central. El castillo contaba con varias salas y salones, donde se celebraban audiencias, banquetes, consejos y fiestas. El castillo también contaba con una capilla, donde se daba culto a los dioses Keltar. El castillo tenía una torre, donde se guardaban los tesoros y secretos del rey. El castillo era un símbolo de la autoridad y gloria de los keltar.
— Es increíble — dijo Kyla, asombrada.
—Es enorme ¿verdad?,— dijo Ogodei, con orgullo. — Pero lo mejor está en el castillo. Allí vive el rey.—
Kyla recordó que Ogodei era el príncipe de los Keltar, el hijo del rey Eskol. Recordó que Ogodei había ido al sur como embajadora de intercambio y que se había enamorado de ella. Recordó que Ogodei había rescatado a Cailian y que la había llevado al norte. Recordó que Ogodei había arriesgado su vida por ella y que la había salvado de Inkani.
—Es tu abuelo, dijo Kyla, nerviosa.
—Si, tiene tiempo que no lo veo—, dijo Ogodei, emocionado. — Pero no te preocupes, te recibirá con los brazos abiertos. Es un buen felino.
— ¿En realidad?— Preguntó Kyla, vacilante.
— De verdad — respondió, mirándola con una enorme sonrisa, no podía evitar lo feliz que le hacía volver a casa — Te prometo que todo irá bien. —
Y sin más, entraron a la ciudad, dispuestos a afrontar su destino. Kyla se sintió asustada y emocionada al ver las calles y la gente de Armengol. Ogodei se sintió feliz y confiado mientras guiaba a Kyla al castillo. Estaban a punto de llegar al final de su viaje y al comienzo de su vida. Estaba a punto de encontrarse con el rey Esben.
Llegaron a las puertas del castillo, escoltados por algunos jinetes que los habían recibido a la entrada de la ciudad. Kyla estaba nerviosa porque iba a encontrarse con el rey de los Keltar, el abuelo de Ogodei. Tenía confianza porque sabía que su abuelo lo amaba y lo apoyaría.
— Para, ¿Quién va? — preguntó uno de los guardias que custodiaban el castillo.
— Soy Ogodei, el hijo del príncipe Eskoll y nieto del rey Esben — respondió con voz firme.
— ¿Ogodei? — repitió el guardia, incrédulo. — No te conozco. ¿Cómo sé que eres quien dices ser?—
— ¿Qué? — exclamó indignado. — ¿Cómo te atreves a dudar de mí? ¿No ves mi parecido con el rey? ¿No ves mi insignia?—
—Lo siento, pero no puedo dejarte pasar sin pruebas, —dijo el guardia, obstinadamente. — Podrías ser un impostor o un espía. Dime algo que sólo el verdadero Príncipe sepa.—
— Esto debe ser una broma — protestó enojado. — ¿Qué quieres que te diga? ¿El nombre de mi madre? ¿Él de mí cangam? ¿El de mi primer amor?—
— Eso no es suficiente, dijo el guardia, escéptico. — Podrías haberlo descubierto de alguna manera. Cuéntame algo más personal, algo más secreto.
- ¿Más secreto? — repitió, molesto. - ¿Qué piensas de esto? Cuando era cachorro, me escapé del castillo con mis amigos para ir a convertirme en un felino, y si no mal recuerdo fuimos con la mas puta de todo Armengol, recuerdo que tu madre nos trató bastante bien, recuerdo que era más fiera que un Helh, se abalanzó sobre mí y me dio un mordisco aquí— dijo poniendo la garra en su entrepierna — me dejó un recuerdo ¿Quieres ver la cicatriz? tal vez reconoces la mordida.—
— Como te atreves — el guardia, furioso sacó su espada y camino hacia Ogodei. — Te matare perro espía —
— ¡Basta ya! — gritó una voz poderosa y autoritaria. — ¡Aléjate de mi nieto, insolente! o yo mismo cortaré tu cabeza —
Kyla y Ogodei quien tenía ya lista su espada para repeler el ataque del guardia, se giraron y vieron que se acercaba un felino enorme y fuerte. El rey Esben estaba dentro del gran salón, cuyo fondo es tan oscuro como la noche. Sólo unas pocas antorchas iluminan su figura y su aura. Esto hace que cree por tanto un contraste entre luces y sombras, que resalta su belleza y misterio. El rey Esben es el guardián del tesoro y del gran secreto de los Keltar.
—Abuelo,— dijo el príncipe, aliviado.
— Mi cachorrito — dijo Esben, emocionado.
El rey caminó hacia él y abrazó fuertemente a Ogodei. Luego lo miró con orgullo, le sacudió la nieve de los hombros y los brazos y luego lo besó en la frente.
— No puedo creer lo que ven mis ojos — dijo el rey. — Mira nada más que ejemplar tan magnífico y hermoso, mi valiente nieto. De vuelta a casa, Bienvenido a Armengol, hijo mío.
—Gracias, abuelo,— dijo devolviéndole el abrazo. — Estoy feliz de verte.—
— Y yo a ti — dijo Esben. —Te he extrañado mucho. ¿Cómo estuvo tu viaje? ¿Qué novedades traes? Cómo está tu padre?—
— Te lo contaré todo, abuelo —dijo Ogodei. — Pero primero, déjame presentarte a alguien.
Ogodei tomó a Kyla por la garra y la acercó al rey.
— Abuelo, ella es Kyla, la princesa de Sakchai y señora de Wattana — dijo Ogodei.
—¿Kyla? — repitió Esben, sorprendido. — ¿La princesa de Wattana? ¿La hija mayor de la reina Laika?—
— Sí, abuelo - dijo el cachorro. — Ella es la razón por la que fui al sur y por la que regresé al norte.
—Ya veo,— dijo Esben, mirando a Kyla con curiosidad. — Eres muy hermosa y muy valiente. Ella se ve como su madre.—
Kyla se sonrojó y bajó la cabeza.
—Gracias, majestad,— dijo con voz tímida. — Es un honor conocerlo.—
—El honor es mío, princesa,— reverenciando amablemente hacia la princesa. — Eres bienvenida a mi reino y a mi familia. Espero que te sientas cómoda aquí en el norte.—
—Gracias, majestad, eso espero— repitió Kyla, agradecida.
—Vengan, vengan, que torpe soy, — dijo Esben, invitándolos. — Entren al castillo, acérquense al fuego y descansen. Tenemos mucho de qué hablar y mucho que celebrar.
— Sí, abuelo – dijo mientras sonreía.
—Gracias, Su Majestad,— Kyla, asintió y se quitó la capa para sacudir la nieve que llevaba encima.
Y así, el rey, el príncipe y la princesa entraron al castillo, seguidos por los guardias. Los guardias que habían retenido a Ogodei estaban en la puerta, avergonzados y arrepentidos. El rey los había reprendido y castigado levemente por su falta de respeto. Les había dicho que debían reconocer a su nieto y honrarlo como se merecía. Les había dicho que Ogodei era el heredero al trono y el futuro rey de los Keltar.
Kyla se sorprendió al ver al rey Esben. Era el felino más grande e imponente que había visto en su vida, y su presencia inspiraba respeto y admiración. Kyla no podía explicar qué la estaba despertando. Sintió una mezcla de miedo y fascinación, de atracción y misterio. Sintió que el rey Esben era un aliado en el que podía confiar y quizás un buen amigo. Sintió que el rey Esben era un buen padre y abuelo, además de un...
Ella no sabía lo que le estaba pasando, el rey la ponía muy inquieta, nerviosa.
Los ambáttir y sirvientes se apresuraron a traer bandejas llenas de comida y bebida y las colocaron sobre una larga mesa de madera. El rey Esben les indicó que se retiraran y luego invitó a los recién llegados a sentarse y servirse lo que quisieran. Kyla se sentó con sus compañeros, quienes rápidamente llenaron sus platos y vasos. Ella, por otro lado, apenas probó un bocado. Su mirada estaba fija en el rey, que estaba sentado al otro extremo de la mesa, mirándolos con una enigmática sonrisa.
Kyla no podía quitarle los ojos de encima. Había algo en el rey que la atraía y la perturbaba al mismo tiempo. Era un felino enorme, fuerte, de espeso pelaje negro y gris plateado, con ojos azul hielo que le daban una presencia imponente. Además, llevaba una corona de metal negro, adornada con intrincados diseños y símbolos rúnicos, que representaban su poder y sabiduría. Sus cuernos eran astas blancas, como las de un ciervo o un alce, que simbolizaban su conexión con la naturaleza y su fuerza. Su ropa estaba hecha de piel de infierno y lana, lo que le daba una apariencia áspera y cálida. Sin embargo, lo que más llamó la atención fue su collar de cuentas de ámbar y colmillos de sköl, que mostraban su riqueza y valor.
Se preguntó qué pensaría el rey de ellos, de su misión, de su destino. ¿Por qué la había recibido con tanta amabilidad si era una desconocida? ¿Cómo conoció a su madre? ¿Qué misterios esconde? Kyla sintió que el rey estaba guardando un secreto, y que tenía que ver con los Sakchai, la tribu guerrera a la que ella pertenecía. Kyla tenía curiosidad por saber más sobre los Keltar, sobre su historia, su cultura, su magia. Pero sobre todo tenía curiosidad por saber más sobre el rey, sobre su vida, cuáles eran sus sueños y sus miedos. Kyla sintió que había una conexión entre ellos, algo que iba más allá de lo racional, algo que la hacía sentir cosas que nunca antes había sentido.
Un felino entró en la sala disculpándose por la intrusión.
—Lo siento, mi señor — dijo una voz familiar.
—Hans!— Exclamó Kyla, sorprendida.
—¡Hola de nuevo, felina sureña! —Hans dijo en broma, recordando su encuentro anterior.
El rey Esben se levantó de su asiento y, con voz profunda y melodiosa, se dirigió a los recién llegados:
—Espero que hayan disfrutado de la comida y la bebida. Sé que deben estar cansados y confundidos, pero tengan paciencia. Pronto me lo contarás todo Ogodei. Mañana prepararemos un banquete para celebrar tu llegada, hijo mío. Allí me contarás todo.—
—Los ambáttir les mostrarán sus habitaciones. Ahora tendrás que disculparme.—
—Mi señor, princesa, — dijo Hans con una reverencia, a modo de despedida.
El rey Esben se dirigió a una puerta al fondo del salón, seguido por sus guardias, y desapareció en la oscuridad.
El rey entró al salón de guerra con paso firme, pero su rostro reflejaba la preocupación que sentía por la situación.
Se volvió hacia sus dos asesores, Rolf, que lo esperaban junto a un gran mapa de Kurgal. — ¿Y bien? — preguntó el rey Esben una vez cruzando la entrada al salón de guerra.
Hans se acercó al rey. Su voz era seria y su mirada seria. — Bueno, los rumores son ciertos, Esben — dijo Hans — y los invitados a la mesa nos lo confirman — continuó señalando con el dedo la puerta por la que acababan de pasar.
—Eso es lo que me temo — dijo el rey preocupado — por el momento no podemos hacer nada. Por un lado, estoy feliz de tener a mi nieto en casa, pero me preocupa el motivo por el cual está aquí. — El rey se refería al príncipe Ogodei, que había llegado del lejano reino de Cailian, huyendo de un tirano.
—Nuestros felinos no tuvieron un viaje fácil, mi rey, — dijo Hans con amargura.
—Perdimos dos barcos cerca de las islas Shi después de que nos negaron el acceso a Wattana, — dijo Rolf, quien había acompañado a los Knarr. Rolf era un Keltar de pelaje oscuro y rayas negras, lo que le daba un aspecto feroz y salvaje. Sus ojos eran de un color miel que contrastaba con su rostro severo, reseco por el sol y el viento. Era alto y musculoso, con el pelo largo y despeinado que le caía sobre los hombros. Llevaba una armadura de cuero y metal , adornada con pieles y colmillos de animales marinos. De su cinturón colgaban dos espadas cortas y una hacha. Era el general de la milicia marina, el encargado de proteger las costas y rutas comerciales del reino Keltar. Era un felino de pocas palabras, pero de gran valor y lealtad. Era respetado y temido por sus enemigos y por sus propios hombres, que lo seguían sin dudar en cualquier batalla.
— ¿Cuántos felinos perdimos? — preguntó Esben.
—Dieciséis comerciantes y ocho escoltas, mi señor,— dijo Rolf, inclinando la cabeza con respeto. — Fueron atacados por los Mijo, esos piratas que infestan el mar occidental. No teníamos ninguna posibilidad contra ellos. Nos sacaron de los knarr. El inventario aún no está terminado para saber qué se perdió, mi señor, pero pronto estará lista, los hombres ya trabajan en eso.—
—Maldita sea, esos malditos Mijo son la escoria del mar occidental,— dijo Hans, golpeando la mesa con el puño.
Hans era la mano derecha del rey y su mejor amigo, había luchado a su lado en muchas batallas.
—Indemniza a los familiares de los fallecidos. Más adelante iré personalmente a dar el pésame. Mañana celebraremos su llegada a Armengol en el banquete que daremos para recibir al príncipe como se merece – dijo el rey sin más y regresó al salón donde se encontraban los invitados. El rey sabía que tenía que mostrar una imagen de alegría y confianza, pero por dentro sentía una gran angustia por el futuro de su reino y su familia.
—¡Mmm! ¿Qué es esto? Preguntó Kyla, quitándose el cuerno de la boca. El cuerno con forma de jarra contenía una bebida bastante espesa y viscosa, de tacto suave, aterciopelado, dulce y algo espumoso.
— ¿Te gusta? — preguntó Ogodei.
—Sí, me gusta, y mucho, — dijo, tomando otro largo trago.
— ¡Hooo! Ten cuidado, tómatelo con calma, princesa, —le dijo el príncipe. Es hidromiel, considerada la bebida de los dioses.—
Inhaló el aroma del hidromiel, que le recordó a flores silvestres y naranjas. El líquido tenía un sabor dulce y refrescante, con un toque de acidez que le picaba la lengua.
Ogodei le explicó que el hidromiel era una bebida sagrada para los antiguos pueblos nórdicos, que la consumían en sus fiestas y rituales. También le dijo que se creía que favorecía la fertilidad y la virilidad, y que los recién casados debían beberlo durante un mes después de su boda.
Kyla sintió un agradable calor en el estómago y en las mejillas, una sensación de euforia y alegría la invadió. Se reía de buena gana de los chistes de Ogodei y lo miraba con admiración y curiosidad. Ogodei estaba orgulloso de compartir con ella una de sus bebidas favoritas, le acarició el cabello con ternura. Se acercó a su oído y le dijo en secreto:
— Prefiero el kumis, pero no se lo digas a nadie,— y sonrió.
— ¿Qué es lo que no puedes contarnos? —preguntó una felina que se estaba quitando la capucha que cubría su rostro.
— ¡Saga! —Gritó Ogodei mientras se levantaba de su asiento.
Saga era una Mönguar, una mestiza entre un Keltar y un Möngömaa, al igual que el Príncipe Ogodei. Tenía el pelo corto y oscuro con algunas mechas negras que heredó de su padre Keltar. Sus ojos eran de un intenso color miel, que contrastaba con su pelaje moteado y sus rasgos afilados. Era de baja estatura, pero fuerte y ágil, con gran capacidad auditiva y olfativa. Ella era la Kelvid más joven de Armengol. Una Kelvid era una sacerdotisa de la fe Keltar, que se encargaba de realizar rituales, interpretar la naturaleza y transmitir conocimientos ancestrales. Saga tenía un don especial para la magia y era respetada y admirada por su gente.
—Saga, permíteme presentarte a la princesa Kyla,— dijo Ogodei emocionado. — Saga es mi mentora, es la Kelvid más joven de Armengol. Ella era mi profesora de historia y artes antes de irnos a Khulan.—
—Encantado de conocerla, su majestad,— dijo Saga con una reverencia. —He oído mucho sobre ti en el puerto.—
—El placer es mío, Saga,— dijo la princesa con una sonrisa. — Pero por favor acompáñanos, me gustaría saber cómo era Ogodei cuando era estudiante.— Kyla señaló un lugar vacío en la mesa frente a ella y a un lado de Ogodei.
— Era un tronco, princesa – Dijo con una sonrisa mientras sacudía el cabello de la cabeza de Ogodei y se acercaba al lugar que Kyla le había asignado.
—Mentira,— dijo Ogodei, sonriendo tímidamente.
—¿Cómo estuvo el viaje, princesa?— preguntó Saga mientras caminaban hacia una de las sillas.
— Fue largo y duro, pero valió la pena. He visto cosas maravillosas en estas tierras, y aún no he visto nada .
—Me alegra que te guste Armengol, princesa.— Espero que te quedes con nosotros un tiempo para poder admirar todo lo que Armengol tiene para ofrecerte.
—Eso depende de lo que me depare el destino. Pero aprecio la hospitalidad.— levantando su cuerno a modo de brindis y bebiendo de él
—Está bien, eres bienvenida el tiempo que quieras, princesa.—
Los tres se volvieron hacia el otro lado del salón, donde el rey Esben regresaba con ellos. La cena había terminado y los invitados habían terminado de disfrutar de la comida, estaban en la sobremesa disfrutando de la bebida. El rey se les unió y brindó por la llegada del príncipe y la prosperidad entre los reinos. Todos levantaron sus tragos y bebieron con alegría. la noche se volvió más alegre y divertida. Saga observó la escena con una sonrisa y sintió una extraña sensación en su pecho. Era una mezcla de alegría y tristeza, de esperanza y nostalgia. Estaba un poco preocupada por el estado de la princesa y lo que sintió al verla.
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